La poética del barro (O las manos prodigiosas de «Chucho Pérez»)

Hace unos años me invitaron a participar en una Feria artística y costumbrista en la ciudad de Quillota, que está emplazada en la quinta región de Chile, y que es, por añadidura, mi ciudad natal. En aquella Feria, llamada precisamente «Hecho en Quillota», participaban escritores, pintores, fotógrafos, escultores y algunos artesanos, todos ellos oriundos de esa localidad y sus alrededores.

El lugar destinado para mostrar mis publicaciones se encontraba vecino al sitio de trabajo de un escultor en greda llamado “Chucho Pérez”. Se trataba de un hombre de casi 70 años, de aspecto sencillo, de talla pequeña, robusto y desaliñado en su apariencia. De entrada sus obras me impresionaron sobremanera. Se adivinaba en ellas no sólo la destreza de un oficio, sino también la presencia de un “alma” y, por cierto, el espíritu sensible de quien las había modelado.

De la habilidad con la que Chucho forjaba sus figuras, pude percatarme en el transcurso de las primeras horas. Por la maestría de su oficio, despertaba el asombro no sólo de los visitantes a la Feria, sino que sorprendía por igual a escultores y alfareros con estudios académicos o avanzados. Mientras algunos de ellos presumían de sus talentos para no pasar inadvertidos, Chucho, muy ajeno a la vanidad, pero consciente de su don, modelaba silenciosamente con sus manos cada una de sus figuras de una manera prodigiosa. Primero conformaba el cuerpo de la efigie, luego sus extremidades, y enseguida se aplicaba a la indumentaria con un gran lujo de detalles y, finalmente por separado, remataba con el modelado de la testa (la mirada, las huellas del tiempo en los pliegues del rostro, la expresión, ora de tristeza, ora de alegría, de sus singulares personajes), coronando, a muchos de ellos, con sombreros a la antigua usanza de los hombres de pueblo.

Pensando en aquellos profesores jactanciosos que se encontraban descolocados junto a Chucho, recordé aquel aforismo del gran Luciano Pavarotti referido a la música, pero que, por analogía, bien podría parafrasearse a la escultura, a la fotografía o a cualquier expresión del arte: “los que saben de música, la hacen; los que saben poco la enseñan; los que saben muy poco, la organizan, y los que nada saben la critican”.

Después de platicar con Chucho algunas horas advertí, de una manera no del todo comprensible, que un extraño vínculo me ligaba indefectiblemente a su trabajo. Sentía que lo que él realizaba con sus manos y reflejaba a través de su obra, se imbricaba directamente con aquellas numerosas fotografías de hombres y mujeres que yo había registrado recorriendo los pueblos olvidados de mi región natal. Sin duda algo profundo nos emparentaba (y ahora recuerdo una conversación que tuvimos, en ese tenor, durante la Feria): lo que él plasmaba magistralmente con el barro, me había correspondido hacerlo con la luz y las sales de plata, dominado por un imperativo superior de la misma naturaleza con la que Chucho animaba a sus personajes desharrapados y marginales.

Dejé de verlo por algunos años. Posteriormente lo visité en su hogar con un amigo viticultor francés radicado en Chile, quien quedó profundamente impresionado por sus piezas. Reanudamos así un contacto que se me hacía productivo y promisorio. Transcurrió otro tiempo sin verlo (ignoro cuánto), hasta que decidí visitarlo nuevamente para proponerle presentarlo como cultor individual a “Tesoro Humano Vivo 2015”, una convocatoria a la que llamaba el Departamento de Patrimonio Cultural del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile, iniciativa que estaba avalada por la Unesco. [1]  Trabajamos juntos para esa postulación, y le hice fotografías de gran parte de su obra. La experiencia de compartir con él por varios días, me llevó a conocer un poco más de los avatares de su vida, y de la génesis de su espíritu sensible y algo ermitaño. Digo “un poco más”, pues sólo Dios conoce todos los recovecos y los intersticios de nuestra alma. Fue así que escribí las siguientes líneas, a modo de semblanza de Chucho Pérez, tanto como hombre y como artista que, en su caso, resultaban ser afluentes irrepetibles e inseparables.

ORÍGENES DE UN ALMA SENSIBLE: [2]

Hipólito Segundo Pérez, más conocido como “Chucho Pérez”, nació en Petorca y se crió en la pequeña localidad rural de El Boco, emplazada en la comuna de Quillota. Quedó huérfano de padre a temprana edad y, para procurar el sustento de sus 5 hijos, su madre viuda oficiaba como lavandera en residencias de familias acomodadas. De pequeño, Chucho vio transitar por los callejones polvorientos de su barrio a los vendedores que transportaban en borricos su hato de leña, a los afiladores de cuchillos, a vagabundos y errantes que llevaban un morral como única pertenencia y eran seguidos por su infaltable perro, a los ambulantes que cargaban canastos en sus hombros voceando frutas o yerbas medicinales, y también al borrachín o al orate del pueblo que nadie comprendía y al que muchos evitaban. Toda la riqueza de ese acervo iconográfico, vernacular y costumbrista, desplegábase ante sus ojos y fue grabándose a fuego lento en su alma de niño humilde y retraído.

En los faldeos de los cerros de El Boco abunda la greda, y Chucho de pequeño comenzó a explorar lúdicamente con aquel material. Luego realizó algunas figuras humanas de manera desprolija. A la edad de 14 años, como el maestro de su escuela percibiera su interés por la plástica y el dibujo, lo presentó ante una pintora de la zona, quien le hizo dibujar. Disconforme ante el resultado, sentenció precipitadamente que aquel niño “carecía de talento”. Ante esta sentencia lapidaria, Chucho no se derrumbó y se propuso resueltamente ser un artista.

A inicios de los años 70, aprendió alfarería con un alemán avecindado en Quillota llamado Otto Richter (+). Fue primeramente su ayudante, y posteriormente ascendió al puesto de maestro. La actividad era esencialmente comercial, lo que le impedía expresarse de manera más personal, como era su intención. De allí que emprendiera el camino autodidacta del arte sembrado de grandes escollos y dificultades. Comienza, entonces, a plasmar con la tierra arcillosa de su entorno todo aquel acervo de personajes pintorescos que configuraron el paisaje humano y cotidiano de su infancia.

De manera paralela a diferentes oficios que desempeña, tanto en Chile como en Argentina (cosecha aceitunas y papas, elabora ladrillos), Chucho Pérez va forjando su manera singular y sin parangón en el tratamiento de la greda, como, asimismo, en la expresividad que logra infundir con maestría a cada una de sus piezas. De este modo, se hace poseedor de un estilo y de una imaginería propia que lo diferencia de todas las manifestaciones nacionales de la alfarería tradicional. Sus obras, nacidas de la necesidad vital de expresar su mundo interior, trasmiten emociones profundas y evocaciones de un tiempo extinto, sepultado ya por las transformaciones implacables de la modernidad. Sus rústicas esculturas figurativas, no son una representación distante de los personajes, sino piezas únicas que trasuntan poéticamente el alma de los representados. Es posible afirmar que, en cada una de ellas,  es también Chucho quien se representa a sí mismo como lo que es y lo que ha sido, a saber: como un verdadero outsider.

Por otra parte, su obra escultórica nos instala en la categoría de “lo pintoresco”, entendida como la plasmación poética de todo aquello que va desapareciendo de las ciudades y los pueblos. En este sentido su creación, al revertir la carta del tiempo hacia el pasado, nos adentra propiamente en el ámbito de la Estética y del Arte. La poesía y la belleza que trasuntan sus personajes, dimanan de la nostalgia de un mondo perduto,  de un pasado que se extingue de manera inexorable y que sólo Chucho, en tanto que genio creador humano, nos ha permitido volver a mirar.[3]

Si Chucho hubiera sido fotógrafo, su especialidad hubiese sido el retrato, y sería, sin duda, un eximio retratista. Al apreciar sus esculturas se comprende que esta aseveración no es antojadiza. En efecto, si el rostro es, por esencia, el ámbito de la expresión del alma, cada uno de sus efigies irradia una bonhomía y una serenidad interior que contrasta con la situación de abandono y orfandad que adivinamos del entorno habitual de sus personajes extraídos de una realidad pauperizada. Cada uno de ellos pareciera recordarnos que la felicidad está en el ser y no en el tener, o en el consumo ansioso de bienes materiales, como preconiza el mundo moderno.

La práctica artística de Chucho Pérez tiene sus raíces en su propia historia personal, en su estrecha interacción con el mundo rural del que su visión se empaparía durante los años de su niñez. De allí que su obra tenga un anclaje en las tradiciones sociales y culturales de su terruño de pertenencia. Su repertorio abarca conocidos personajes de su comunidad, entre ellos: el abuelo Pilango, Germán el vendedor de leña, el conocido y ya retirado aparcador de autos “Chunchulito”, el loco Alfaro, el loco César, la Mariana, la Mónica, la Skakira, el Malabarista, el Ingeniero, el Manos Libres y otros. Sin embargo, al recrear y poner en valor a personajes, usos y costumbres que constituyen parte de nuestro imaginario popular, su obra adquiere un profundo sentimiento de identidad nacional. En efecto, el campesino, el vendedor ambulante de canelo o de quillay, el outsider urbano, en anciano astroso, el beodo, el loco de la aldea, no son exclusivamente patrimonio de la geografía humana de la localidad de El Boco o de Quillota, sino de los centenares de pueblos olvidados y localidades interiores de nuestra zona central. Basta haber visitado alguna vez los poblados de Putaendo, Cabildo, Petorca, Chincolco, Hierro Viejo y tantos otros similares, para darnos cuenta que su iconografía coincide plenamente con los tipos rurales que aún es posible encontrar en aldeas y andurriales campesinos de nuestro territorio nacional.

Hoy, a 2 años de haber escrito las líneas precedentes, pienso en Chucho Pérez y el don que le fue dado, y pienso también en el mundo moderno que ha entronizado a las profesiones de toda laya, incluidas las del arte. Refiriéndose a esto, Emil Cioran, ese gran gnóstico y escéptico del siglo veinte, critica a los alemanes porque no se dan cuenta de la diferencia inmensa que existe entre un destino y una profesión.[4]

Que duda cabe que Chucho Pérez venía marcado con el destino de creador. Pero no de cualquier creador, sino de aquel que, dotado de manera infusa y siendo niño, debió soportar los rigores de una vida de infortunios y carencias. Aquellos que valoran a los hombres por sus pergaminos y diplomas, antes que por sus dones y pasiones, argumentarán que si Chucho hubiese estudiado arte hubiera llegado muy lejos. Puedo llegar a consentir que, en el mejor de los casos, hubiese medrado su situación material o económica. Mas desconfío que su obra hubiera llegado a tener la misma potencia expresiva mediatizada ya por las estructuras y las consejerías académicas. Quizás ni siquiera valga la pena plantear este supuesto, pues su obra es lo que es, y no lo que pudo haber sido. Y merced a lo que es, nos sorprendemos y nos admiramos grandemente que este genio rústico y algo huraño, haya puesto sus manos humildemente al servicio de la greda, y que, con el mismo énfasis de los grandes escultores expresionistas, como Rodin o Camille Claudel, nos haya develado la ingente humanidad y poesía que habita en sus seres marginales de barro, trasmutados ya en notables piezas de arte.

Rakar / a mediados de marzo de 2017

[1] Inicialmente se mostró reticente a la postulación. Más tarde se manifestó ansioso, pues vivía en desmedro económico, y el dinero del premio, especulaba, vendría a morigerar sus penurias. Desafortunadamente la postulación no tuvo el éxito que esperábamos, siendo seleccionada como Tesoro Humano Vivo 2015 una iniciativa del área de gastronomía tradicional, con la consiguiente frustración de Chucho a las esperanzas de su merecido reconocimiento.
[2] Las líneas siguientes son una adaptación del texto original que presentara para la postulación mencionada. Se han suprimido algunos párrafos que reiteraban las bondades de la obra y del postulante, así como también se han agregado otros para la adaptación de dicho texto en este Blog.
[3]  Tomo la expresión italiana «mondo perduto», evocando el título de la obra del documentalista italiano Vittorio de Seta, quien documentó, en las islas de Sicilia y Cerdeña (entre 1954 y 1959), el trabajo y las costumbres rurales que irían desapareciendo poco tiempo después.
[4] Cioran E.M., (1995), Ese maldito yo, Barcelona, España; Tusquets Editores.
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Publicado por: Rakar

Fotógrafo documental, cronista y editor chileno. Ha realizado documentales fotográficos en Chile y México obteniendo diversas becas y reconocimientos (Fundación Andes, Fondart, Ford Motor Company Award, Fonca, Amexcid, Museo Leonora Carrington). Su iconografía, agrupada bajo el nombre genérico de "EL VIAJE DE RAKAR", comprende los siguientes Fotodocumentales: PUEBLOS OLVIDADOS, (Travesía por 67 pequeñas aldeas rurales del territorio central de Chile); “RETRATOS (DES)DE LA LOCURA” (imágenes del confinamiento psiquiátrico); EL OJO MÍSTICO" (Incursiones en el México profundo). EXPOSICIONES INDIVIDUALES: En Chile y México / COLECTIVAS: Holanda, España, Grecia, Portugal. PUBLICACIONES: "Mundo Quiltro, Espejo del alma chilena" (2023). "Retratos (des)de la Locura: Hospitales mentales de Chile" (2017); “La Locura de Artaud-Van Gogh, o el desquite de la locura” (2010); "El Viaje de Rakar: Travesía por 67 pueblos olvidados de la 5ª región de Chile” (2006). Sus crónicas y ensayos han sido publicados y/o premiados en diferentes revistas internacionales. Desde 2013 es corresponsal en Chile del Suplemento Cultural Palabra (Ensenada, Baja California, México). Desde 2021 a 2025, fue director de arte y cuidado de edición en Akén La luz de lo invisible Ediciones, Chile. (Actualmente sólo realiza servicios externos para esta editorial).

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