El Viaje como (pre)texto y el Heroísmo de la Visión.
Entrado el otoño de 1995, quien escribe, se consagró a la inefable aventura de documentar fotográficamente 13 pequeñas aldeas rurales de la provincia de Petorca, ubicada en la 5ª región de Chile. Originalmente, el Proyecto se fundamentaba como un rescate iconográfico de una cultura local y pueblerina, atropellada por el progreso y en vías de extinción. Se trataba, entonces, de “registrar los hechos cotidianos que configuraban la historia silenciosa y apacible de estos pueblos apartados”, revelar su idiosincrasia y obtener, además, “un testimonio elocuente de su desamparo y orfandad”. A la sazón, sólo mi pasión desmedida por las imágenes podía hacerme acariciar un sueño codiciado: que algún día, al paso del tiempo, llegaría a consumar un vasto Documental sobre los pueblos abandonados de mi región natal. (1)
En los años siguientes, este sueño comenzaría a convertirse en una realidad (2).
Así, desde remotos caseríos cordilleranos, pasando por aldeas y páramos, hasta pequeñas localidades contiguas al mar, fui registrando en mis caminatas -pacientemente y con ardor- un total de 67 pequeños poblados en las provincias de Petorca, Quillota, San Felipe y Los Andes, emplazadas en zona central del país. Las imágenes de este libro dan cuenta, aunque de manera comprimida, de aquel sueño interior que por años, alimentó mi heroísmo, medró mi zozobra y mi solitaria pasión.
“El Viaje de Rakar”, por tanto, más allá de configurar un itinerario geográfico por un territorio de parajes agrestes y apartados, representa, asimismo, un viaje épico de dimensiones espirituales y poéticas emprendido por su autor. De allí, pues, que el conjunto de las imágenes y textos aquí presentados conformen -a la manera de un autorretrato de una figura errante-, una verdadera travesía del alma de un héroe ya derrotado en los albores y en el decurso irreductible de la modernidad: trapero, poeta maldito, fotógrafo errabundo o quizá lobo estepario; cada quisque por sí mismo, o todos a su vez.
Encontrándose todos estos tipos anteriores emparentados por el vagabundaje y por el regocijo solitario de la observación, fue en el espíritu de la obra del poeta
francés Charles Baudelaire -por ser él quien representa, de la manera más lúcida y coherente, la imagen del artista según lo heroico moderno-, que fui configurando este relato de Viaje al amparo de su poesía y su ideario.
Paradojal encuentro de Baudelaire con la Fotografía. Él, quien se erigiera como uno de sus críticos más rigurosos, cuando el advenimiento de esta nueva técnica bajo la forma del daguerrotipo (hacia 1850), junto a las imágenes de un patrimonio viviente enclavado en la geografía central de Chile: el de sus pueblos, sus hombres y mujeres olvidados a comienzos del siglo XXI (3). Sin embargo, más allá del rechazo baudeleriano hacia el pretendido estatuto artístico de la Fotografía, y que fue, ante todo, un motivo más que tuviera el poeta para fustigar el mal gusto y la decadencia de una burguesía emergente, lo que importa rescatar aquí de su vida y su obra, es la configuración del artista según el prototipo del héroe, y que ha sido también la poética esencial que se encarna en esta obra de creación fotográfica.
Será la metáfora del trapero la que sirva a Baudelaire para caracterizar la acción en el mundo del poeta moderno: “Todo lo que la gran ciudad ha rechazado, todo lo que ha perdido, todo lo que ha desdeñado, todo lo que ha roto, este hombre lo cataloga, lo colecciona. Compulsa los archivos de la intemperancia, el Cafarnaún de los desperdicios. Escoge, selecciona con inteligencia; recoge, como el avaro su tesoro, las basuras que, masticadas de nuevo por la divinidad de la industria, se convertirán en objetos de utilidad o de placer” (4). Por tanto, trapero y poeta, como lobos errantes, deambulan solitarios por aldeas y arrabales tras su botín de bagatelas y de rimas, respectivamente. A ellos le conciernen los desechos y lo inservible, y se entregan a su rescate con pasión en horas en que los demás ciudadanos “se abandonan al sueño» (5).
Más tarde, hacia comienzos de siglo 20, y ascendiente de la misma estirpe de los tipos anteriores, entrará ya de plano en acción la figura del fotógrafo maldito, impenetrable y
errabundo. En efecto, Eugène Atget -al igual que Baudelaire lo hiciera en la experiencia heroica de su tarea artística- se entregó con arrojo a desmaquillar la realidad de su tiempo, recalando su mirada en la entidad humilde de las cosas, en lo apartado y lo deleznable, y en todo aquello que se encuentra en trance de extinción en las ciudades y suburbios (6). Para él, todo cuanto estaba destinado a desaparecer, todas aquellas cosas que se miran sin ser vistas, resultaban, pues, «pintorescas”. Mediante la imagen este fotógrafo trashumante, como un verdadero etnólogo, se consagró a salvar los lugares y las costumbres de su época amenazadas por el progreso; sus fotografías revelan la profunda sensibilidad de un genio desconocido que humildemente pondría su objetivo al servicio de la poesía que habita en los seres y las cosas (7). Las imágenes crepusculares de Atget, no sólo son expresión de nostalgia y sensibilidad, sino también de una auténtica poesía visual como medida y revelación del tiempo y del espacio; ellas, según la hermosa traslación de Benjamin, «aspiran el aura de la realidad como agua de un navío que se va a pique» (8).
La idea de caducidad de cuanto al hombre rodea y la percepción del aura como «manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que ésta pueda estar”) (9), cruzará diametralmente también toda la poesía de Baudelaire. Aspirar el aura de algo, es hallar en cada instante -y en la minucia de las cosas- también la eternidad. Contemplar por ejemplo, «una cordillera en el horizonte o una rama que arroja su sombra sobre el que reposa» y llegar a sentir lo sobrenatural, eso es entrar en el aura de ese panorama ensoñador (10). Baudelaire, como ningún otro, sentirá la fascinación por las lejanías, por la música de los espacios infinitos y por todo lo que simbolice un “más allá”. Esta experiencia de “trascendencia” como la llamará Sartre, únicamente se le podía revelar en su entorno objetivo y a través de su soledad. Así, pues, en las cosas más fútiles, una silla, en las nubes que pasan o en las ramas tortuosas de un árbol, el poeta se contemplará a sí mismo en su propio mirar (11). Unos ojos que miran así, plenos de melancolía, arrobados en un espacio sin tiempo, refundidos con el paisaje exterior, serán los ojos del alegórico (del místico o del alienado), y de los que extraerá toda su grandeza creadora la arquitectura poética de Las Flores del Mal.
Para Baudelaire (así como para el viejo Atget algunas décadas más tarde), el espectáculo desnudo de la vida parisién se le antojaba igualmente fecundo en “temas poéticos y maravillosos”. Su vagabundeo por el París de 1850, con sus barrios oficiales y sus barrios prohibidos, con la sordidez oculta de callejuelas miserables, de prostitutas y bandidos, le ofrecía todo el material poético indispensable de los «temas privados» de los que su visión se empaparía. Sólo en estos lugares umbríos, desconsolado del mundo, borracho de Absoluto y orgulloso de su sangre fría, se encontrará el poeta en su elemento y hallará también la Belleza y la recuperación de su ser. Existía, en efecto, «una belleza y un heroísmo moderno»; él no tenía más que abrir los ojos -mirar intensamente- y conocer su propio heroísmo (12).
La intensidad de la mirada baudeleriana nada tendrá que ver con los códigos retóricos ni estéticos, sino más bien con la pasión o con el vicio (o tal vez con una violenta enfermedad). De allí, pues, que la obra de un artista ecléctico -nos dirá en sus estudios de crítica- jamás deje recuerdos ni huellas. Este hombre, al no poder concentrar su atención ni su mirada, encandilado en su campo de intereses dispersos, “no ha tomado partido, ni estrella, ni brújula”; será un hombre sin amor, sin pasión, sin ideal (13).
Mientras otros artistas se congraciaban con los temas políticos y oficiales a cambio de prebendas, Baudelaire pondrá su voluntad ab initio sólo al servicio de su tarea y su misión. Al establecer la imagen del artista como el héroe moderno, construía también la síntesis suprema de su ser y que él llamará “lo espiritual”. Su estrago personal será el precio que pagará por su salvación. Perdido, en efecto, en un mundo mezquino en que “el vivir y soñar no armonizan” (14), impotente ante la estupidez de las masas, agobiado por la mediocridad burguesa y la vulgaridad general, su hazaña poética se acreditará como un drama, y como un permanente infortunio que le perseguirá hasta el final. La acción de Baudelaire fue sin duda hermana del sueño; su larga agonía y su fracaso, la prueba de su “autenticidad” (15).
Doble lectura, pues, para este Viaje de revelación marcado por el sello del heroísmo y también por la pasión (aquella que alentara por años mi sueño inicial). Por un lado, en su condición documental, constituye el relato épico de los perdedores, la visualidad de una supervivencia heroica y a la vez quebrantada: la de los habitantes desterrados de la provincia, la de estos Pueblos Olvidados que fueran subastados -a precio de perras- por el avance implacable de la modernidad y de lo actual. En tanto, en su condición de Ensayo y travesía personal, “El Viaje de Rakar” representa la imagen del poeta y del artista malquisto, condenado a una pasión heroica que lo consume hasta los límites, hasta el punto en que la vida y el arte se funden, en una experiencia de insondable desolación.
Rakar / Monasterio Benedictino de Llíu Llíu, estación del otoño del año 2006.
http://elviajederakar.cl/rakar/index.php/documentales-fotograficos
