El Viento sopla donde quiere

"Si tu ojo estuviere bueno, todo tu cuerpo estará iluminado”

(Mateo 6.22) 

“Si vas a la soledad con lengua silenciosa, el silencio de los seres mudos compartirá contigo su reposo. Pero si vas a la soledad con corazón silencioso, el silencio de la creación te hablará más alto que las lenguas de los hombres y de los ángeles.”    

(Thomas Merton) 

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Cuando ya no queda ni un pedazo de territorio por descubrir, cuando la hegemonía de un cybermundo anula las fronteras estableciendo la supremacía del aquí y del ahora en la pantalla del monitor, cuando la industria del turismo masivo ha terminado por igualar indefectiblemente a todas las comunidades humanas en general, y cuando los sueños individuales son modelados por la estandarización social, la mirada inconformista y refractaria se pregunta, ¿qué territorio es el que vale hoy la pena documentar? ¿Qué tipo de viaje o expedición conlleva en estos tiempos el signo de la radicalidad?

La respuesta dependerá, ante todo, de los nuevos horizontes que inaugure una aventura, horizontes que nada tienen que ver con las distancias geográficas que recorremos, ni con el exotismo con que los mass-media fomentan nuestra avidez y nuestra curiosidad, sino con la profundidad de la mirada, con los gestos espirituales y poéticos que la enriquecen, y que dan validez y autenticidad a toda verdadera exploración (entiéndase también “creación”).

Ese territorio de aire puro e inexplorado que interpelaba la mirada documentalista y propiciaba el contacto con la naturaleza y la meditación, estaba mucho más cerca de lo que el hombre común puede vislumbrar. Estaba, indudablemente, lejos del 026-copia-copiatumulto y del bullicio. Se encontraba en un escondite vegetal y de serranías, en medio de un cordón montañoso ubicado a más de 500 metros de altura, separado por una escarpada cuesta que aísla de la civilización al único territorio propiamente rural enclavado en la provincia de Valparaíso. Así, pues, montado sobre una pequeña moto scooter, y durante más de 30 días, me dispuse a la tarea de documentar el paisaje humano y geográfico de la sierra que conforma el Valle del Nido de las Águilas, más conocido como el Valle de Colliguay.

Pero ¿qué era lo que me había conducido a ese lugar? ¿Se trataba del último eslabón o la saga documental de El Viaje de Rakar? [1] No era exactamente lo mismo. No deseaba ya cumplir una aventura épica registrando fotográficamente nuevas aldeas condenadas al olvido, como en aquella travesía personal. Colliguay tampoco era Comala, ni yo iba en busca de un padre desconocido o de un atavismo que me pudiese importar [2]. Alejándome imperiosamente del tráfago de las ciudades, deseaba ahora detenerme, conjurar mis propios fantasmas (un amor fracturado esta vez) y entregarme a una necesidad de Absoluto en plena soledad. De paso registrar, con los últimos estertores analógicos, el declinar de un mundo rural y costumbrista que, al igual que la alquimia fotográfica, se encontraba ya casi en extinción.

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Matrimonio de campesinos en un fogón

Un libro del monje ermitaño Thomas Merton [3] y los ladridos del Black (un labrador negro que habían dejado a mi custodia), serían mi única compañía durante las noches de vigilia en aquel lugar. Ya con la luz matinal, figuras fantasmagóricas emergían de un paisaje frío, brumoso y escarchado algunas veces. Otras tantas, la luz del sol se desplegaba generosamente iluminando toda la campiña, dejando al descubierto rostros sombríos de hombres y mujeres que irrumpían de la penumbra de los cuartos de adobe, ejerciendo sus labores rutinarias en medio de los fogones tiznados, resignados a la inclemencia de sus vidas, deteniendo el tiempo de mi espíritu que volvía bruscamente a la realidad con cada chasquido ineluctable del obturador.

Raudos habían transcurrido los días de mi pequeña expedición visual. Para sentir lo Absoluto no había precisado entrar en un templo de oropeles, ni prosternarme ante los íconos de los santos, ni comulgar [4]. El silencio en la espesura de la montaña, la lluvia copiosa, la inmensidad del cielo estrellado, el trino de los pájaros, el ligero murmullo de un riachuelo contiguo, era el templo vivo y sagrado de la presencia de Dios. Para sentir el latido de la vida no había tenido que viajar miles de kilómetros en un vuelo chárter ni adquirir un combo tour. La vida, con todos sus matices, sus sombras y sus luces, en suma, la vida plena, la vida fecunda se encontraba allí, en esas montañas ocultas de la cordillera de la costa en donde transcurría una existencia campirana y apacible, distante tan sólo a 50 kilómetros de la ciudad principal [5].

¿Qué podían importarme los imponentes palacios de Zaragoza, la historia de La Aljafería sus basílicas medievales, si mi corazón no experimentaba ningún arraigo ni atracción con aquella historia ni con aquel lugar? [6] Tampoco me importaban ya las fracturas de una reciente desilusión amorosa. Me bastarían mi refugio secreto en la montaña, el esmero con que Ana María [7] aderezaba mis comidas caseras del día, el pan amasado en los hornos de barro, la mirada lastimera del Black cada vez que adivinaba mi partida al encender el pequeño motor de la Jog, las incursiones en la moto por los senderos polvorientos y escondidos de Colliguay. Sólo allí me había reencontrado con las formas de ser que yo más amaba, la de los lugareños y humildes aldeanos que, junto a la naturaleza, resultaban ser siempre un bálsamo de purificación. Abandonado, pero dichoso, sentí por los caminos de este valle que el viento soplaba donde quería, pero ahora lo hacía sólo para mí, a favor de mi dirección.

Del estrecho contacto con aquellos hombres, y como fruto de mi estadía en aquel lugar, son estos cuadros arrancados de la vida real y desnuda, imágenes de un tiempo detenido que nos remiten a un referente directo, huellas indesmentibles de la realidad, lo mismo que unas pisadas a unos pies. [8]

El tiempo capturado que encierra la fotografía, que convierte su pura fenomenología en esencia (“esto es lo que es”), y la presencia en su campo visual de otros tiempos superpuestos que nos inducen al éxtasis o a la conmoción [9], son transformados en el circuito civilizado del arte en desposeimiento o alienación. Dicho vaciamiento se consuma preferentemente en la galería o en el espacio de exhibición. Es el tiempo hipnótico del espectáculo que se impone por sobre todo como ilusión: predominio de la cosa representada por sobre la realidad, afirmación de la apariencia antes que el ser, en donde los códigos sociales y retóricos en boga terminan profanando hasta las más nobles intenciones de la fotografía documental.

Rakar / Olmué, abril de 2008

 


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[1] El Viaje de Rakar (travesía por 67 Pueblos Olvidados de la 5a región de Chile). Documental fotográfico realizado por el autor en 3 provincias de la región. Fue publicado bajo la forma de un libro el año 2006. (Ril Editores).

[2] Comala es el nombre del pueblo sequedal en que transcurre la acción en la novela Pedro Páramo, del escritor mexicano Juan Rulfo. Su protagonista, Juan Preciado, acude a ese lugar en busca de su padre ya muerto. Esta novela está considerada como una de las obras cumbres de la literatura hispanoamericana.

[3] Thomas Merton (Prades, Francia, 1915 – Bangkok, 1968), monje trapense, poeta y pensador norteamericano. Es considerado como uno de los escritores sobre espiritualidad más influyentes del siglo XX.

[4] El poeta cristiano T.S. Elliot, anhelando la revelación, se pregunta, “¿Dónde está el verano, el increíble verano de lo absoluto?”.

[5] La empinada y temida cuesta que separa a Colliguay de la civilización, ha permitido mantener este lugar alejado de los vicios citadinos y de los avatares de la modernidad.

[6] Tres meses antes de emprender este documental, el autor había viajado a la ciudad de Zaragoza (España) como partícipe invitado a una exposición colectiva internacional. Confronta aquí brevemente su experiencia en aquella ciudad con lo vivido en el poblado de Colliguay.

[7] Ana María es el nombre de la dueña del emporio “El Gallito”, en el sector Los Yuyos de Colliguay.

[8] A diferencia de la producción de imágenes digitales que sigue siendo un proceso de ficción, lo propio de la Fotografía es su dependencia de esta presencia original, de un referente material que existió efectivamente para imprimirse sobre una hoja de papel sensible a la luz. La primera se encuentra más cercana al arte y la ficción; la segunda a los hechos y a la documentación. Véase: Geoffrey Batchen, «Arder en deseos: La concepción de la Fotografía». Editorial Gustavo Gili, S.A., Barcelona, 2004, p. 210.

[9] El “esto ha sido” y “esto va a morir” de Roland Barthes. En la concepción de este autor, la imagen fotográfica expresa y constata siempre la muerte en futuro. Da lo mismo si el sujeto ha muerto, o si no. En ello radica, pues, la conmoción y la intensidad que nos provoca la fotografía. Véase Roland Barthes, “La Cámara Líucida”., Editorial Gustavo Gili, S.A., Barcelona, 1982, p. 165.

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