“Sé que la existencia de los indios no es del agrado del mundo de ahora y que en presencia de un raza como ésta, por comparación se puede concluir que es la vida moderna la que se encuentra atrasada respecto a algo y no que los indios tarahumaras sean los que se encuentran retrasados en relación con el mundo actual”. Antonin Artaud, “Viaje al país de los Tarahumaras”.
En agosto de 1936, el poeta francés Antonin Artaud, prácticamente desconocido en México y huyendo de la cultura europea que le asfixiaba, se interna en la sierra madre tarahumara tras la búsqueda de un nuevo manantial espiritual que encontraría en la cultura ancestral de los rarámuri. La cosmovisión de este pueblo, en donde impera el respeto a todo lo que existe en el universo, representa, en efecto, una fuente viva de valores inmutables de los que el hombre contemporáneo, acorralado y disperso en medio de las ciudades, se ha olvidado fatídicamente.
La razón por la cual yo viajaría a México, era internarme en ese mismo territorio que había visitado el poeta surrealista más trágico, y seguir en parte la huella de su “Viaje al país de los Tarahumaras”, en la sierra occidental de Chihuahua.
Previamente, desde el área de concertación internacional del Fonca (que era una de las entidades mexicanas que auspiciaba mi Proyecto), me habían comunicado que, a la sazón, ese estado norteño atravesaba por severos problemas de inseguridad y violencia por la presencia del narcotráfico. Me advertían que prácticamente toda la batalla del gobierno mexicano con los grupos delictivos se focalizaba en aquella zona, la que se encontraba prácticamente “sitiada” por fuerzas militares (lo que pude constatar varias semanas después a mi arribo al pequeño aeropuerto Internacional General Roberto Fierro de Chihuahua). Además, se me informaba que las comunidades tarahumaras, que están muy alejadas del centro del estado, no eran receptivas a la visita de personas ajenas, mucho menos a la fotografía, y que varias de las zonas que pretendía visitar, eran de muy difícil acceso y, en algunas de ellas, sólo era posible ingresar en helicóptero. Argumentando todas estas razones, Angélica Aguilera, desde la subdirección del área, intentaba persuadirme amablemente a que realizara el fotodocumental en los estados de Oaxaca, de Michoacán o de Chiapas, en donde la presencia indígena era relevante y mucho menos hostil a los extranjeros.
Como si esto fuera poco, mi residencia coincidía justo con la sedicente pandemia de gripe A(H1N1), y la consiguiente alarma sanitaria que afectó a México durante los años 2009 y 2010, la que causó para el país una gran inseguridad social y estrago económico.
Se me informaba, por último, que la decisión final de internarme en la sierra la dejaban en mis manos, puesto que el Fonca no podía modificar las propuestas seleccionadas, mas debía firmar una carta de responsiva en que aseguraba que la institución me había advertido de las condiciones adversas en las que realizaría el proyecto, eximiéndole con ello de cualquier responsabilidad. Después de unos días, argumentando mi profundo respeto por la etnia rarámuri, el contacto previo que había establecido con un conocido sacerdote de la zona y, por último, el factor de riesgo inherente a la pasión fotográfica (sin la cual muchas de las grandes y sorprendentes imágenes que ilustran nuestro mundo serían desconocidas), respondí que había decidido persistir en mi propósito, pero que estaba dispuesto a modificar el itinerario original: de las 10 semanas que duraría mi residencia, 4 o 5 permanecería en el estado de Chihuahua, las restantes en el de Oaxaca, en donde realizaría actividades de retribución e intercambio de experiencias con algunos fotógrafos del estado, y de paso podría documentar otras comunidades.
Así, a mediados de agosto de 2009, movido por ese mismo sentimiento de repudio que Artaud manifestara ante la sociedad materialista de su época, emprendí mi viaje al suelo indio tarahumara, recorriendo alguno de los mismos asentamientos que este poeta hiciera a lomo de caballo hace 73 años.
Para facilitar mi inserción en las comunidades indígenas, había establecido contacto previamente con la Fundación tarahumara José A. Llaguno y, a través de ella, con Javier Ávila, un sacerdote jesuita del poblado de Creel. El cura Pato, como le llamaban sus cercanos, era un comprometido luchador por más de 30 años en la defensa de los derechos humanos de los rarámuri. Tan sólo una año antes, en agosto del 2008, cuando fueran acribillados 13 hombres del pueblo (incluido un niño), este sacerdote había sido el apoyo inquebrantable a los familiares de las víctimas desde el mismo día de la masacre. Aún después de toda esta tragedia, cuya herida se encontraba abierta en el corazón de los creelenses, y en medio de todos sus compromisos pastorales, el cura Pato había respondido mis mensajes y, más aún, había propiciado mi contacto con Arturo Millán, un documentalista que trabajaba para una de las organizaciones de apoyo al emprendimiento rural en las aldeas, y quien sería el apoyo fundamental para ingresar a la montaña.
Después de permanecer casi una semana en la capital del estado esperando los recursos de la beca, viajé en el tren Chihuahua al Pacífico (el Chepe) hasta Creel, que es la puerta de entrada a la sierra tarahumara. Allí me esperaban la pareja de Arturo y Gabriela, en cuya casa rentaría una habitación por varias semanas. Con Gabriela coincidíamos en haber estudiado filosofía, y a veces sosteníamos algunas interesantes pláticas. Con Arturo hablábamos de su pasión por las imágenes en movimiento y de la técnica fotográfica.
Ambos viajaban frecuentemente a comunidades apartadas en la sierra, y en varias ocasiones pude viajar con ellos: a Choguitas (en el municipio de Guachochi), a Bahuinocachi (en el municipio de Bocoyna). En Choguitas compartí el rito del Yúmari, llamado también Tutuguri, que es una ceremonia deprecatoria que sirve tanto para pedir como para agradecer los dones y el amparo del Dios creador. Por mucho tiempo fue considerado un ritual demoníaco por los antiguos misioneros que veían en su práctica un peligro. Durante el ritual se baila toda la noche alrededor de unas cruces, a cuyos pie se depositan ofrendas que son compartidas al amanecer.

El Yúmari aún es practicado de manera reservada en medio de las altas montañas. Por esa misma razón, me sentí muy honrado al haber podido asistir a uno de los ritos más esotéricos de los tarahumaras. Previamente, durante la tarde, cuando hombres y mujeres preparaban la ceremonia, habíamos sido invitados con Arturo y Gabriela a una tesgüinada; así, por vez primera bebí el tesgüino, que es una especie de cerveza que hacen las mujeres a base de maíz fermentado, y que servido en una jícara, pasaba de uno en uno para que todos pudiéramos compartir.

Gracias a Berenice, una buena amiga de Arturo y Gabriela, que también trabajaba para las comunidades, pude conocer más tarde San Luis de Majimachi, una pequeña localidad del municipio de Bocoyna, de no más de 30 habitantes y en donde existían rocas antropomórficas, algunas con formas fálicas, y otras con enormes cabezas de misteriosos animales.
Por mi propia cuenta recorrí otro tantos asentamientos tarahumaras: San Ignacio de Arareco, en donde se encuentran extrañas formaciones rocosas como el Valle de los Hongos y de las Ranas. También la localidad de Bocoyna y el mismo lago de Arareco, donde descubrí extraños árboles con formas fantasmagóricas.
Cerca de las hermosas cascadas de Cusárare, descubrí grutas y cavernas que eran habitadas por familias rarámuri, en donde pude hacer algunas imágenes. También estuve en Sisoguichi, el mismo lugar en donde Artaud conseguiría un guía mestizo que le serviría de intérprete ante los tarahumaras.
En las Barrancas del Cobre, un macizo montañoso que tiene una profundidad casi dos veces mayor que el Gran Cañón del Colorado (en Arizona), visité un pequeño
pueblo de esplendoroso pasado minero llamado Batopilas. En el camino, el camión se detuvo en la Bufa, un mirador desde donde apenas se divisaba una minúscula aldea al fondo de un imponente precipicio. Ya en el descenso, por la ventanilla, divisé algunos rarámuri vestidos con sus taparrabos (que llaman Tagora), quienes caminaban en dirección al pueblo. A mi arribo, llamaron mi atención la existencia de unos pocos lujosos hoteles construidos para turistas extranjeros, conviviendo con la precariedad, la tristeza y la penuria social de los tarahumara. Por las callejuelas estrechas y empedradas, transitaban trocas descubiertas con jóvenes policías de no más de 18 años, luciendo ufanos y amenazantes sus grandes fusiles. No podía dejar de preguntarme por aquellos contrastes tan elocuentes en este pueblo encajonado entre el río y la ingente montaña. A mi regreso, Arturo me explicaría que Batopilas era actualmente uno de los enclaves del llamado “triángulo dorado” que estaba controlado por los narcos, pues habían allí cultivos de marihuana y amapola (que es la planta de la cual se obtiene la goma del opio), y la policía estaba prácticamente supeditada a los grupos delictivos que operaban en la zona.

A sólo 7 kilómetros de allí, se encontraba la Misión de San Ángel, un remanso de paz en la pequeña comunidad de Satevó, cuyo templo jesuita data de 1760. En el trayecto, que hice caminando, me detuve varias veces para hacer imágenes de algunas mujeres rarámuri cargando a sus hijos, y también de árboles deformes que crecían horizontales aferrados con sus grandes raíces a las riscos de los cerros. Antes de regresar a Batopilas, en un puesto de miscelánea, una pequeña niña me ofreció un tamboril de grandes dimensiones que yo no podría comprar, pues de aceptarlo habría tenido que dejar afuera parte de mi equipo de trabajo.
Con Christopher, un americano que venía en el mismo camión en el que había llegado, y con quien habíamos cruzado algunas pocas palabras, merendamos en una de las posadas del pueblo. Luego, haciendo fotografías, nos había sorprendido una tormenta eléctrica acompañada de un fuerte aguacero y ráfagas de viento, que impidieron que continuáramos a la intemperie. Nos refugiamos en El Zaguán, un restaurante con un enorme galpón en el patio trasero en el que habían decenas de parroquianos celebrando con algarabía. Bebimos cervezas. Reinaba allí un gran pandemonio entre tarahumaras, mestizos y charros, muchos de los cuales se encontraban ebrios. Recuerdo que un mestizo, francamente borracho, me interpeló en tono beligerante lanzándome unas palabras incongruentes. Providencialmente, y de la nada, apareció un hombre de rasgos indígenas y lo apartó de mí con violencia. Al despedirse, me pidió que le avisara si alguien me molestaba, pues él “se encargaba de sacármelo de encima”. Ha de haber sido mi ángel de la guarda, pensé, pues después de un rato ya no logré divisarlo entre el gentío. Por precaución, nos salimos de la taberna en donde hice sólo unas pocas fotografías. Como había caído ya la noche y la lluvia arreciaba, decidí regresar al “Hotel Juanita” en donde me hospedaba y había hecho buenas migas con Mario, un tarahumara que trabajaba como empleado y con quien platiqué mis últimas horas en Batopilas.
Al día siguiente, de retorno en la madrugada, el camión serpenteaba ascendiendo por el estrecho y peligroso camino de terracería, esquivando las rocas que se habían desprendido de la montaña por el fuerte aguacero de la noche. El conductor, que era una hombre avezado a sortear estos obstáculos, había tenido que bajarse varias veces para retirar piedras de mediano tamaño que se interponían en el trayecto. Algunos de los pasajeros le ayudábamos. En uno de aquellos tramos, debimos esperar más de media hora para que una retroexcavadora viniera en nuestro auxilio y despejara el camino de una inmensa roca que impedía continuar el ascenso. Durante un trayecto de 4 horas por ese camino casi intransitable, yo seguía preguntándome: ¿qué podría importarle al gobierno central, o al del estado, un pequeño pueblo oculto y perdido el los desfiladeros de la sierra, donde no había ley y sus habitantes más modestos no tenían otra opción que someterse a las imposiciones del dinero y de las armas?
Ya de regreso en Creel, hice algunas imágenes de niñas y mujeres tarahumaras vendiendo sus artesanías a los turistas a la llegada del Chepe. En el mismo poblado, a una semana de mi partida, conocí un español trotamundo que trabajaba sólo algunos meses del año y el tiempo restante lo destinaba a viajar; se encontraba sentado en las afueras de un hostal fumando ansiosamente un cigarro tras otro, como si esperara el último tren de su partida para arribar a una estación imaginaria que sólo él concebiría.

También retraté a un conocido corredor rarámuri llamado Victoriano Churro Sierra, quien en 1993, contando con 52 años, y calzando sus típicos huaraches, había vencido a los mejores ultramaratonistas del mundo en la carrera de 100 millas de Leadville (un pequeño pueblito minero en el estado de Colorado), la cual se corre, casi en todo el trayecto, en una altitud superior a los 3000 metros. Victoriano, quien había participado en la carrera motivado por el legendario corredor Micah True (Caballo Blanco), y a condición de que se donaran alimentos para su pueblo que padecía una de las peores sequías, había hecho un tiempo de 20:03:33. El siguiente año, Juan Herrera, otro tarahumarara, batiría el récord en las alturas de Colorado, con un tiempo de 17:30, superando a Ann Trason, una de las mejores atletas de larga distancia. Leadville 93 y 94, han sido recordadas como las dos ultramaratones de montaña más épicas de toda la historia de este deporte.
Ya en los últimos días, saliéndome algo de la ruta preconcebida, viajé en el Chepe
por desfiladeros y paisajes entrañables hasta la localidad colonial de El Fuerte, un hermoso pueblo mágico en el noroeste del estado de Sinaloa. En su plaza de Armas presencié coloridos bailes de muchachas ante las autoridades en la víspera del Grito de Dolores. Pernocté aquí en un hotel de segunda categoría y al día siguiente viajé en el mismo Chepe a los poblados de Bahuichivo y Cerocahui. En este último pueblo, en medio de
guirnaldas, fuegos artificiales y diestros jinetes que agitaban sus caballos bailadores al compás de una música charra y festiva, me confundí con gran algazara entre sus habitantes que festejaban, después de dos siglos, el mero Grito de la independencia del cura Hidalgo. Así transcurrió mi última noche en esta aldea en el borde de la barranca de Urique, la más profunda de la sierra tarahumara.
Así también llegaba a su fin mi estancia de 31 días en las serranías de Chihuahua. Había convivido con hombres y mujeres rarámuri, que eran el rostro indio de Dios sobre esta tierra; había sido partícipe privilegiado del rito a la gloria del Sol negro; había explorado ignotas aldeas con misteriosos paisajes rocosos, y montañas imponentes habían interpelado vitalmente todos mis sentidos. Al viajar a la sierra tarahumara, no me había guiado un afán etnográfico, ni menos científico. Tampoco me interesaba reeditar rigurosamente la travesía de Artaud y su itinerario (de hecho, yo no había tenido una experiencia alucinógena ni mística con el peyote). Sin embargo me había sentido en comunión con aquellos hombres de una raza reservada y esotérica, en donde no existen bienes personales y todo le pertenece a todos. Por siglos los rarámuri habían sido expoliados por el chabochi (el hombre blanco avariento), y de allí su comprensible desconfianza hacia los extraños. A pesar de aquello, había trabado amistad con algunos de ellos haciéndole sus imágenes.

Pero no me importaban las imágenes por exotismo, ni por un fin antropológico, sino porque su cultura representaba una reserva de espiritualidad y un estado superior de conciencia basado en lo trascendente. Por último, desprevenido, y sin saberlo, había arribado a uno de los pueblos enclaves de los narcos y sicarios, y en ese lugar un ángel indígena me había alejado del peligro.
Mi expedición, ante todo, había tenido el sentido de una experiencia poética y casi religiosa. Sentía que todo este tiempo había viajado a un punto neurálgico de la tierra, adentrándome en una realidad anacrónica y al margen de la historia. Sabía internamente que aquella era la dirección que mi alma anhelaba, pues encajaba perfectamente con mi repulsa casi instintiva a los muelles privilegios de la comodidad y el pragmatismo, esas pobres monedas de cambio que niegan enconadamente los valores del espíritu, y por las que se afanan millones de seres en el mundo moderno.
Toda la sierra tarahumara, desde la fisionomía de sus habitantes, hasta la mágica configuración de sus montañas, pasando por todas las fuerzas telúricas que me habían acompañado en estos parajes, eran la expresión de un universo inefable y metafísico. El sol, la lluvia, el viento, el rayo, el trueno, las tormentas, me llevaban una y otra vez a confirmar que la vida es una travesía esencialmente espiritual y sagrada, como espirituales y sagrados eran los pasos de los hombres de pies alados que caminan silenciosos por los valles de su tierra.
Rakar / Enero de 2017
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NOTA DEL AUTOR: Al momento de terminar esta crónica me enteré del asesinato de Isidro Baldenegro López, uno de los dirigentes indígenas tarahumara, defensor de los derechos humanos de su pueblo. Isidro, habitante de la comunidad de Guachochi, obtuvo el Premio Ambiental Goldman 2005, uno de los más prestigiosos premios en el área del ambientalismo. Su asesinato viene a engrosar una extensa lista de luchadores sociales asesinados en México.
