“Nada es casualidad (ni siquiera un nombre anodino); estos pueblos, estas aldeas, estos rostros ajados y curtidos por el tiempo, los ojos que te miraron, las manos que te extendieron el pan y la escudilla, el lecho de las mujeres que te amaron, los perfumes, los sabores, la música de las esferas, el silencio de las montañas, el polvo y el secano de los caminos, lo sublime, lo monstruoso, lo banal y lo increíble, también te han elegido en esta travesía íntima. Estaba escrito desde siempre; eran tu destino... tu inexorable destino”. (Rakar) “La única travesía es el viaje interior”. (Rainer Maria Rilke)
Se viaja por diferentes motivos: por afán de aventuras, por negocios, por aburrimiento, por huida, por placer. El cine contemporáneo nos da cuenta de ejemplos notables de tipos de viajeros. Seres solitarios que recorren erráticamente paisajes y ciudades como una forma de escapismo a una parálisis emocional: París Texas y En el Transcurso del tiempo (de Wim Wenders). Viajeros heroicos que fracasan transgrediendo los límites humanos: Aguirre y Fitzcarraldo (de Werner Herzog). Y también de penosas travesías interiores hacia lugares donde se realizan los deseos, o donde se alcanza un estado de revelación interior: Stalker y Andrei Rublev (de Andrei Tarkovski).
El gran director ruso, decía que existen tres formas o actitudes dominantes ante el misterio de la vida: la dogmática, la científica y la poética (ingenua o infantil). Esta última, es la que acepta el amor a sí mismo como única forma de conocimiento, más verdadero y radical que todas las otras formas de conocimiento. Será la actitud que impregnará la visión del auténtico viajero, de aquel que parte sólo por partir, y que hace de su propia búsqueda su brújula, y de sus propios hallazgos, desencuentros o desventuras, su única carta de navegación.
El viaje configura, de este modo, una especie de iniciación, en donde los ojos del peregrino están ávidos de una trascendencia que lo despega incesantemente de este mundo hacia un eterno más allá. El iniciado habrá de sortear pruebas, transitar zonas de flagrante peligro para alcanzar la revelación de la condición humana y de su propia verdad. La búsqueda se remitirá, entonces, no a lo geográfico, sino a lo ontológico; dará lo mismo el lugar, con tal que propicie la búsqueda del ser (“fuera de este mundo” dirá Baudelaire, ya decepcionado de la sociedad de su tiempo y de todo).
Así como se viaja por múltiples razones, del mismo modo se hacen imágenes por diferentes motivaciones. Se fotografía la mayoría de las veces para recordar (la imagen doméstica), otras tantas para testimoniar (la imagen del Fotoperiodismo) y, las menos, para dar cuenta de una visión de mundo o de una verdad interior (la del ensayo fotográfico).
En este último caso, al igual como sucede en el ensayo literario, la expresión de las ideas, las emociones que conmueven -y hasta las obsesiones recurrentes de un autor-, tienen preeminencia por sobre la información registrada y, como todo buen ensayo que se precie, será esencialmente subjetivo y personal.
Es el caso de El viaje de Rakar. Hace ya 21 años que comencé este peregrinaje solitario que constituye mi búsqueda particular. Ya sea por aldeas y pueblos olvidados, por parajes desolados, recorriendo las galerías de los manicomios, o remotos poblados sumidos en la niebla tenaz de un fascinante país, la Fotografía ha constituido para mí el gran pretexto para configurar en imágenes mi propia verdad interior, aquella poética de la que hablaba Tarkovski, y que es preferible a todas aquellas “verdades” científicas o ideológicas que nos pretenden reducir y domeñar.
Asimismo, me ha permitido hallar la pista o la huella de mi destino personal. El vagabundaje y la Fotografía como una travesía íntima o como un itinerario espiritual o, lo que es lo mismo, El viaje de Rakar.
Por Rakar / Ensenada, Baja California, en vísperas del día de muertos de 2013.
Artículo publicado en Suplemento Cultural Palabra, Periódico El Vigía. Ensenada, Baja California, México. (Domingo 3 de noviembre de 2013).


«UN TRAMO LARGO DE CARRETERA NOCTURNA APUNTANDO COMO UNA FLECHA A LAS INMENSIDADES…»
(Texto del Prólogo de Jack Kerouac al libro «Los Americanos»)


