Borges, en uno de sus cuentos de El Aleph, siguiendo el fatalismo trascedente de Schopenhauer en Parerga y Paralipómena (Especulación trascendente sobre la aparente intencionalidad en el destino del individuo), señala lo siguiente:
“Todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria,toda muerte un suicidio”.
(Deutsches Requiem)
AKILAH T’ ZUBERI (ARTISTA PLÁSTICA Y ESCULTORA AFROAMERICANA, RESIDENTE EN FILADELFIA Y OAXACA DE JUÁREZ).
Decir que conocí a Akilah t`Zuberi por azar, es sólo un lugar común, o más bien un balbucir preliminar. Caminaba con su paso resuelto por una calle de Oaxaca de Juárez, y su figura, de ascendencia africana, no pasaba inadvertida. Llevaba dreadlocks en su cabello, tatuajes en sus brazos y varios piercing en su rostro. Se detuvo un instante para buscar algo en su bolso, entonces decidí cruzar la calle e interpelarla. Le pregunté por su procedencia y si aceptaría que le hiciera una fotografía. Inquirió la razón de aquello, y le comenté que me encontraba realizando una residencia artística para foto-documentar la región Costa del estado y otras comunidades indígenas, y que simplemente me había parecido interesante su figura. Le hice sólo 2 fotografías en esa ocasión y acordamos reunirnos al día siguiente para una sesión de mañana. El día acordado fuimos a un lugar apacible lleno de árboles y flores, y exento de la mirada de los transeúntes. Se sintió muy involucrada durante el registro, y me comentó que años atrás le habían hecho algunas fotografías, pero que nunca se había sentido complacida con los resultados.
Los piercings y los tatuajes no eran para ella una moda, sino formas populares de arte del cuerpo (body art), que habían sido practicados por la mayoría de sus
ancestros. Su manera de estar en el mundo no obedecía a una religión o a una filosofía en particular, sino a “una forma de ser en el amor”. Sustentaba y vivía una espiritualidad en el que todo lo existente es considerado en unidad con Dios. Akilah t’Zuberi, ajena de los dogmatismos confesionales, pasó décadas en la búsqueda de una experiencia espiritual y metafísica que explicara el universo y la forma en que debía conducir su vida. En 1985 se unió a una fraternidad sufí con sede en Senegal (el sufismo es el misticismo y el esoterismo del Islam). También se impregnó por tiempo de lecturas ocultistas, como de la escritora rusa Madame Blavatsky, y también de la inglesa Alice Bailey, quien realizó anticipatorios estudios sobre las glándulas y los chacras. En 1994, leyó el libro «Un Curso de Milagros» de Helen Schucman, y ese mismo año se decidió a vivir lo que el libro le enseñaba: una filosofía del perdón que daría paso a un cambio radical en su percepción del mundo y de la vida.
Una vez me dijo: “Elijo tener una manera. Mi manera es la forma de ser en el amor y en la relación con Dios. Vivo libre de juicio, en el amor incondicional y la práctica de ver a Cristo en todo. Esta es una opción muy difícil. A veces pienso que hubiera sido más fácil ser marxista”. Sus expresiones me hicieron recordar una frase de Hölderlin: “Vivir es sustentar una forma”. Y, sin duda, yo coincidía plenamente con sus palabras: siempre será más cómodo aceptar las mitologías tranquilizadoras y falaces, ya de los credos, ya de las ideologías, que atreverse a pensar por sí mismo y aventurarse con valentía a encontrar el camino personal.
Nos reunimos con Akilah en varias ocasiones en Oaxaca. Me enseñó algo de la música afroamericana de Awadagin Pratt y también le enseñé un libro del monje trapense Thomas Merton, con quien ambos teníamos profundas coincidencias por sus vinculaciones con el Zen. También me enseñó su obra artística y escultórica, la que reflejaba fielmente su visión de mundo. Según ella, todos venimos a la tierra con talentos, o lo que personalmente llamaba “logros”. Estos no son otra cosa que lo que Dios quiere expresar a través de nosotros (de alguna forma, asocié su formulación a la idea del arte como nostalgia de Dios). Sus piezas eran tapices realizados con minuciosas costuras e intervenidos con diferentes objetos: plumas, relojes, llaves y espejos de variados tamaños, entre otros. Las plumas representaban el espíritu, los relojes lo intemporal, las llaves la conexión con lo divino (no es posible anular la separación entre el hombre y el mundo sin estar en posesión de la llave, me dijo alguna vez) y, por último, los espejos representaban en toda su obra en reflejo del rostro de Dios.
Antes que regresara a Filadelfia, el mismo día de la navidad, le obsequié a Akilah
una de sus imágenes que había realizado. Al recibirla se emocionó ostensiblemente y prorrumpió un breve y entrecortado sollozo que me impresionó sobremanera. Al cabo de algunos días me escribió agradecida las siguientes palabras: “Me doy cuenta que has captado mi viaje afuera del obscuro, y mi llegar hacia la luz. Hasta este momento no había tenido la evidencia, excepto para mis sentimientos interiores, que mi resurrección completa había ocurrido. Tu fotografía es evidencia, sin duda. ¿Qué puedo hacer para demostrar mi agradecimiento profundo por tí, cuando todas las cosas materiales del mundo pasan muy rápidas y son efímeras?”.
A su regreso, para expresar su gratitud, me obsequió un libro de poemas de Rumi, el santo sufi a quien admiraba. Pero era más bien yo quien estaba en deuda con su ser. Akilah había hecho posible que me reencontrara con todo aquellas formas de sensibilidad al margen de la Historia oficial, aquellas tendencias que yo había admirado en mis lecturas pasadas, desde los Cátaros hasta Cioran, toda aquella sensibilidad que me había alejado ya para siempre de las trampas de la razón, sintiendo como el desdichado Hölderlin que “el hombre es un Dios cuando sueña y un esclavo cuando piensa”.
GURI WAHL (ARQUITECTA Y FOTÓGRAFA NORUEGA, RESIDENTE EN OSLO).
Conocí a Guri en el Festival Costeño de la Danza, en Puerto Escondido. Intercambiamos unas palabras mientras cada quien hacía sus fotografías. Al final del evento compartimos una cerveza en el andador turístico de ese balneario. Supe, entonces, que había sido elegida la mejor fotógrafa de su país el año 2014. Entrada la conversación, le comenté que me encontraba allí para documentar la expresión musical de La Chilena que, como es poco sabido, fue traída a estos parajes por aventureros chilenos, quienes, cautivados por la fiebre del Oro de California a mediados del siglo 19, arribaron a la costa de Oaxaca y quedaron encallados en los brazos de hermosas y altivas mujeres costeñas. Asimismo, le informé que mi propósito principal era adentrarme en algunas aldeas afros de la zona, y que las imágenes de un Puerto Escondido turístico carecían para mí de interés. Manifestó, entonces, la intención de acompañarme. Después de reflexionar, le informé que yo venía con autorización oficial, y que dependería únicamente de las autoridades de cada pueblo si aceptaban o no su presencia en el lugar. Era la primera vez que yo había decidido compartir con otro fotógrafo una experiencia de registro visual.
Tal como acordáramos, a las 7 de la mañana en punto me encontré con Guri en el vestíbulo del hostal en donde me hospedaba. Cerca de allí abordamos una suburban que se dirigía al poblado de Río Grande. Nos bajamos en el crucero y nos dirigimos de inmediato a la Agencia Municipal, en donde había acordado encontrarme con la autoridad principal, el maestro Eleuterio Olivera López, con quien había compartido días antes en un Encuentro de Pueblos Negros en la comunidad del Azufre.
El maestro tuvo la gentileza de llevarnos al pueblo mixteco de San Pedro Tututepec, adonde se dirigía por asuntos administrativos. Después de merendar en el mercado, buscamos al Presidente Municipal, quien no se encontraba ese día, y nos remitieron enseguida al encargado de Cultura de la comunidad. Un vez presentados los oficios que avalaban mi estadía, nos encomendaron un guía que nos
acompañaría por los lugares que quisiéramos. Se llamaba Rey Palacios López y resultó ser un excelente compañero de ruta. Decidimos, entonces, visitar el panteón. Allí hicimos algunas imágenes de hombres trabajando, en quienes Guri causó revuelo con su figura nórdica y espigada, y su cabello largo rubio al viento. Desde entonces, para todos, era la “güerita” que inesperadamente había llegado a arrancarles de la rutina del trabajo enseñándole sus propias imágenes. También noté que el corazón de Rey latía más fuerte en su cercanía.
ENCUENTRO CON GABRIEL Y ALHELÍ.

Recorriendo las callejuelas del pueblo pude percatarme que, en una de las casas con su puerta entornada, una mujer laboraba en una máquina de coser a pedal. Le pedí a Rey que nos acompañara. Nos informó que se trataba de su tía, quien de inmediato nos acogió afablemente en su hogar. Junto a ella se encontraban sus dos nietas que jugaban sobre una hamaca de color. La mayor se llamaba Gabriel y la menor Alhelí, y les hicimos varias fotografías. De ambas, Alhelí resultaba ser la más inquieta y curiosa. Se movía repentinamente, brincaba de un lugar a otro, y hacía morisquetas con su rostro y sus ojos vivaces. Resultaba una verdadera aventura cada una de las imágenes que le hacíamos. En un momento le pidió a Guri que le prestara su cámara fotográfica, miró por el visor y sólo en ese instante pude observar cómo su rostro adquiría una expresión de asombro y alegría a la vez.
Evocando esta expresión de entusiasmo de la pequeña Alhelí, recordé también la historia que me narrara recientemente un amigo oaxaqueño, cuando su hijo de 8 años le había acompañado en un viaje en helicóptero que se dirigía a comunidades alejadas. En un momento el piloto había autorizado para que ingresara a la cabina de mando y, asegurando los controles en automático, había dejado que el pequeño manipulara los comandos. Luego interpeló a su padre y le enseñó cómo su hijo dirigía la máquina. Eso había ocurrido hace más de 25 años. Actualmente aquel niño es teniente piloto de la Fuerza aérea mexicana, con más 2500 horas de vuelo, y su padre me había compartido sus logros con merecido orgullo.
Pienso en Alhelí, en ese pequeño gesto de ternura de Guri colgándole la cámara al
cuello y en su rostro embelesado al mirar por el visor. He llegado a imaginar que esta breve experiencia pueda signar su destino, y quizás llegar a ser la gran fotógrafa mexicana del futuro, quién sabe si una segunda Graciela Iturbide. ¿Por qué no? Si todo casual encuentro es invariablemente una cita, hay vivencias imborrables que de niños nos marcarán indefectiblemente para toda la vida. Creo que Alhelí y Gabriel jamás olvidarán la presencia de 2 fotógrafos extranjeros en su casa. En tanto, yo me resistiré al olvido de este encuentro, y evocaré las sonrisas que me regalaron una tarde soleada de invierno estas alegres niñas del poblado mixteco de San Pedro Tututepec.
Hoy comprendo que hay un orden en el Universo, un plan de Dios, o una estricta e interna necesidad de todo cuanto nos ocurre, que opera a través de las coincidencias, de los encuentros, de las decisiones propias o ajenas, incluso de nuestros errores y falencias, y también de los desencuentros con los demás, para que cada quien halle ese propósito oculto, ese camino hacia la revelación de su alma única y singular. De este modo, se cumpliría en cada hombre el ducunt volentem fata, nolentem trahunt («los hados guían al bien dispuesto, y arrastran al que reniega»). En este mismo sentido, ahora comprendo que hasta el humilde trabajo de administrador de cine que mi padre oficiara durante años en una pequeño pueblo de provincia en el centro de Chile, había sido el eslabón necesario e imprescindible para que yo me rindiera subyugado ante el poder de las imágenes, haciendo del cinematógrafo mi único refugio de una adolescencia solitaria y conflictiva que para mi progenitor no sería fácil de entender.
Me reencontré con Guri a mi regreso a Puerto Escondido. Aún se encontraba varada en ese litoral. Le comenté que me dirigía a otros pueblos negros de la costa (Collantes, El Ciruelo, Corralero, Pinotepa Nacional) y decidió acompañarme un par de días. Sin embargo, ya nada sería lo mismo como la primera vez. Desde el primer instante me pareció que nos entorpecíamos mutuamente, y que su invisibilidad anterior había cedido paso a una especie de presencia que la hacía demasiado ubicua para mí. Su compañía se había tornado prescindible y experimenté algo semejante como en aquella lejana tarde de cine, cuando la mano nerviosa de mi primera novia se había posado sobre la mía en medio de la oscuridad de la sala, arrancándome abruptamente del hechizo de las imágenes, arrepintiéndome en ese preciso instante de haberla invitado a la sesión de la matiné.
Volví a saber de Guri cuando inesperadamente recibí una invitación suya para que nos encontráramos en Puebla. Acepté, ante todo, para refrendar una simpatía que había nacido entre ambos, y también para constatar lo que yo adivinaba secretamente desde mi interior. Juntos hicimos fotografías en el mágico pueblo de Cuetzalan del Progreso, y también en un bar gay de la ciudad al que entramos sin saber. No obstante, estas experiencias vividas a la par, sólo confirmaron para mí la eclosión de un sentimiento de amistad, y no cambiaban un ápice la percepción respecto de mi quehacer. Estaba escrito: en aquel cine de pueblo que administraba mi padre había abrevado las primeras imágenes en movimiento que aprendería a disfrutar con fruición y en soledad. Con el tiempo, ya de lleno en la fotografía, la captura de las imágenes fijas se había convertido para mí en un vicio solitario y solipcista, en el que no cabía absolutamente nadie más. Como una sentencia admonitoria, me asaltaban ahora mis propias palabras, escritas en letras de molde en las páginas finales de un libro: “quien de niño se procura soledades, de adulto se hace compañero del abismo”.
Ignoro si escribo estas últimas líneas para refrendar el fatalismo trascendente de Schopenhauer, o para confirmar que nada en el Universo se hilvana por azar. El hecho es que, “coincidentemente”, un amigo chileno, al saber que me encontraba de regreso en México y refiriéndose a la figura del viajero errante, me había escrito diciéndome que hay un tablero que ordenan los poderosos y en el que se condena a tantos a la desgracia, incluida su muerte. No desconozco la existencia de aquel tablero, mas ya no creo en los determinismos sociales. Pero sí he llegado al convencimiento que, arrojados a la aventura (y qué duda cabe que toda existencia lo es), hay extrañas metafísicas o designios que se entretejen más allá de nuestra conciencia, que propician inesperadas citas (como mi encuentro con Akilah y con Guri), que nos enfrentan a aspectos reveladores de nosotros mismos, y que parecieran también llevar el sello de una necesidad moral interna, un misterioso plan que los antiguos llamaban fatum o destino, y que sólo se hace evidente cuando el hombre sabe quién es o en su eclipse final.
Al fin y al cabo, será como dice Borges, que ningún ser humano puede probar una copa de agua o partir un trozo de pan sin justificación alguna, y el consuelo más hábil que el hombre suele darse, es el pensamiento que ha elegido sus más íntimas obsesiones, sus alegrías, y también sus desdichas.
Rakar / Oaxaca de Juárez, Enero 26 de 2016.
- Artículo publicado en Suplemento Cultural Palabra, Periódico El Vigía. Ensenada, Baja California, México. (Domingo 6 de marzo de 2016).
- Artículo publicado en el 2º número de la revista Furman217 (Universidad de Vanderbilt, Nashville, Tennessee ).
https://es.scribd.com/document/354851140/N2-Revista (páginas 58 a 65).
http://www.fotografi.no/arkiv/guri-wahl-vant-forste-runde-av-arets-fotograf
