Me despido de la memoria y me despido de la nostalgia -la sal y el agua- de mis días sin objeto. (Jorge Teillier)
No resulta fácil evocar un encuentro, máxime si los hechos del recuerdo se remontan a un pasado distante veintitrés años atrás. Sin embargo, por no tratarse de un encuentro baladí, pienso que mi memoria me será fiel para reconstruir con la mayor precisión posible los detalles que signaron mi encuentro personal con uno de los poetas chilenos más influyentes del siglo 20.
EN UNA TRAVESÍA FOTOGRÁFICA
Era el otoño de 1995 y, a la sazón, yo andaba de errante por los pagos de la provincia de Petorca en una travesía por pueblos y aldeas del interior. Cabildo se llamaba el poblado minero en donde me había instalado durante un mes para emprender una aventura fotográfica. Desde esta pequeña comunidad, que había establecido como mi centro de operaciones, salía diariamente a recorrer diferentes localidades campesinas aledañas y otras más distantes. El día de mi llegada, me impresionó sobremanera la cantidad de quiltros vagos y maltrechos que pululaban en sus calles. Así como habían pueblos de Chile en donde abundaban las peluquerías (lo cual me hablaba de la vanidad de sus habitantes), Cabildo, por la cantidad de perros que deambulaban por doquier, me hablaba de la pobreza y las carencias de este lugar apartado de la mano de Dios en donde había ido a parar.
Una vez que me hube familiarizado con el territorio de la calle y sus inmediaciones, supe que a la entrada del pueblo, en medio de casas habitaciones y algunos pequeños almacenes de barrio, a pocas cuadras de la pensión que había rentado, se encontraban algunos lenocinios de reciente data. Luego, en dirección rectilínea, estaba el sector céntrico con su pequeña placita con árboles, jardines y escaños. A pasos se encontraba el Municipio, una sucursal del Banco estado, una capilla de culto católico, una estética y algunos tiendas y negocios de telefonía celular. El centro del pueblo era, pues, el Cabildo de la vida diurna, blanqueada e ilustremente civil y oficial. Ya en el otro extremo de la avenida Humeres, que era la calle principal, se encontraban unos bares de mala muerte y algunos prostíbulos legendarios; era el Cabildo nocturno, periférico, oculto y clandestino, el de las hombres y mujeres “mal entretenidos”, de los cuales todos los habitantes tenían conciencia de su existencia, pero de los que sólo unos pocos se atrevían a hablar.
La avenida Humeres había sido bautizada con ese nombre en honor al apellido de un egregio regidor de fines del siglo 19, pero en vista que en la actualidad estaba flanqueada por numerosos burdeles que cobraban vida los fines de semana, a mi soberano arbitrio, la rebauticé como la “avenida Humores”, desentendiéndome así de su ascendencia señorial.
UN POETA CON FAMA DE MALDITO EN EL FUNDO EL MOLINO DEL INGENIO
Una familia amiga que vivía justo enfrente del fundo El Molino del Ingenio, me había informado que en ese lugar (heredad de la legendaria Quintrala), y a mitad de camino entre Cabildo y la Ligua, vivía el escritor Jorge Teillier, un poeta con fama de dipsómano y maldito que frisaba entonces los 60 años y que había optado por refugiarse en los páramos de la provincia, con el propósito de apartarse de la vida citadina, incluidos los cenáculos literarios de la capital en donde había vivido algunos años atrás. Como mi interés era fotografiar todo lo que configuraba el paisaje geográfico y humano de los pueblos rurales y mineros de la zona, manifesté de inmediato mi intención de conocer a Jorge Teillier.
De este modo, un día cualquiera encaminé mis pasos hacia el fundo El Molino del Ingenio con la única intención de concertar una entrevista con este poeta marginal. A eso de las nueve de la mañana me acerqué a la cerca que separaba el camino de la casa patronal, jalé la cuerda de una campana que me devolvió un tañido rotundo y esperé. Al cabo de unos minutos, apareció uno de los inquilinos que trabajaba como jardinero en el lugar. Después de presentarme, le expliqué el propósito de mi visita. Ingresó a la casa y al rato regresó haciéndome pasar, a la vez que me informaba que el poeta me recibiría.
Ya en el interior, apareció Jorge Teillier en bata de levantarse y me pidió que le esperara unos minutos. Luego regresó y pude explicarle que había obtenido recientemente una beca artística para fotografiar los pueblos campesinos y apartados de la región. Como él había nacido en Lautaro, una zona rural de la Araucanía en el sur del país, demostró de inmediato simpatía con el proyecto, y me dijo que no era necesario que fuera otro día, que después que lo acompañara a tomar desayuno, podríamos ir al bar que él frecuentaba en la ciudad de la Ligua, y que era un lugar muy propicio para conversar.
Mientras desayunaba le acompañé con un café. Luego me enseñó algunos gatos que merodeaban en la sala, indicándome sus nombres (sólo recuerdo el de Pedro que, al parecer, era su consentido). Más tarde reparé en una colección de sombreros que pendían armoniosamente de un perchero en el vestíbulo de la casa, y en donde le pedí que hiciéramos una de las primeras fotografías. De paso me informó que en 1986 había postulado a la Beca de la Fundación John Simon Guggenheim, pero que ese año se la habían concedido a la fotógrafa Paz Errázuriz, y que como respuesta de su indignación, les había mandado a buena parte a los directivos de la Fundación. Eso me causó mucha gracia, pues lo que menos aparentaba Jorge era ser un hombre de ojeriza y capaz de insultar.
Salimos al camino principal para tomar un taxi colectivo a la Ligua, pero uno de los vecinos del poeta, que coincidentemente salía en su camioneta hacia el mismo rumbo, se ofreció para llevarnos. Como en la cabina no había más espacio que para una persona, le dije que no se preocupara, que me iría atrás; cargué mis implementos fotográficos y me trepé raudamente en la carrocería de la pickup.
VINO, FOTOGRAFÍA Y LITERATURA EN EL RADICAL
Fuimos al restaurante El Radical donde Jorge era parroquiano habitual. Ello quedaba en evidencia por el tono de amistad con que él y el garzón se dirigían la palabra. No eran más de las once de la mañana y ya habíamos pedimos nuestra primera botella de tinto. Me pidió, entonces, que le contara de mi proyecto con más detalle. Le comenté que me habían inspirado varios fotógrafos de fuste. Le hablé de Walker Evans, que había convivido con una familia de algodoneros en el sur de los Estados Unidos, y que junto al escritor James Agee habían publicado un libro maravilloso titulado “Hablemos ahora de hombres famosos”. También le dije que me había cautivado el trabajo del suizo americano Robert Frank, quien había realizado un viaje iniciático recorriendo los 48 estados de Norteamérica en un viejo y destartalado carro, y que su libro “Los Americanos” había sido prologado nada menos que por Jack Kerouac, el líder de la generación de los beatnick, quien había comparado la imagen de la roconola registrada por Frank en un bar de pueblo, con la tristeza inherente de un ataúd.
El que mi proyecto tuviese ribetes literarios pareció medrar el interés de mi anfitrión, más aún cuando le cité algunas frases de los “Diarios Íntimos” de Baudelaire, con quien sin duda ambos sentíamos una gran afinidad. Allí nuestra conversación dio un vuelco hacia lo puramente literario y la fotografía fue quedando rezagada, pues nuestras lecturas en común habían monopolizado la conversación. Le comenté, entonces, que había leído un par de libros suyos, y que admiraba profundamente el que su vida y su obra corrieran por un mismo carril, y que en nada se asemejaba a la poetas ampulosos de la ciudad. Hablamos entonces sobre las vicisitudes sufridas por el mismo Baudelaire, Rimbaud y del conde de Lautréamont, que habían desobedecido los procedimientos habituales del arte y habían recibido el castigo y la sanción social.
Estuvimos en “El Radical” por más de dos horas. Luego me pidió que regresáramos a su casa para comer algo. Recuerdo claramente el instante en que subimos al colectivo que nos llevaría de regreso. Con una voz pastosa, que ya en algo denunciaba la ingestión etílica, de pronto me espetó: “Págame tú el taxi, pues yo soy un avaro”, lo que sin duda me hizo sonreír.
EL REFUGIO DEL POETA Y SU TRANCE DE ESCRIBIR
De regreso en el fundo, nos recibió una mujer joven que asistía en las labores de su casa, y con quien sostuvo un trato cordial. Me dijo que a él le gustaba tener una actitud de cercanía con quienes le ayudaban diariamente, y le respondí que coincidía plenamente con él, pues en mi caso era justamente la manera predominante al momento de hacer una fotografía, y que la empatía y el acercamiento humano constituían para aquello y para todo un proceder esencial.
Almorzamos juntos y luego me invitó a que fuéramos a una cabaña que se encontraba al interior del sitio, cruzando en diagonal la propiedad. Era una casa de madera y tabiques blancos. En la habitación principal había una pequeña salamandra y unos leños apilados junto al muro. La sala se encontraba escasamente amueblada por un sillón de mimbre en el cual se abarrotaban decenas de libros y periódicos doblados. En una de las paredes colgaba un gran rosario con cuentas y un crucifijo de greda. Me señaló que esta cabaña era su refugio habitual. Luego se dirigió a la pequeña cocina contigua y regresó con una caja de vino sin abrir. Mientras servía los tazones en los que bebíamos, le hice algunas fotografías en su lugar predilecto, que era su mesa de trabajo sobre la cual reposaban algunos papeles y una pluma. Le señalé que sería conveniente hacer un retrato de su entorno, así que le pedí permiso para abrir la ventana y salir al exterior. Fue una de las contadas fotografías que le hice, en las que el poeta -escondiendo sus manos en las mangas de su saco por el frío de la tarde- pareciera consternado ante la hoja de papel blanco o en trance de escribir.

Regresé a la habitación y continuamos bebiendo y dialogando con entusiasmo. Parecía estar muy a gusto con mi visita y el tenor de la conversación. Como me habían hablado de la prodigiosa memoria de Jorge Tellier, le comenté que por entonces estaba enfrascado en la lectura de “El Oficio de vivir, el oficio de poeta”, e intencionalmente omití a su autor. De inmediato me interrumpió mencionando el nombre de Cesare Pavese. Pero no sólo eso, sino que también se explayó con gran conocimiento en la obra de otros italianos como Ignacio Silone, Alberto Moravia, Giovanni Guareschi (autor del famoso cura don Camilo y el alcalde Peppone), y algunos otros escritores de la misma generación.
Entre pláticas literarias y las últimas fotografías, el crepúsculo del otoño fue instalándose tempranamente por la ventana desde la cual le había retratado. Cuando manifesté la intención de retirarme, me pidió que me quedara una rato más, y que esperara el último transporte de regreso a Cabildo. Los minutos transcurrieron raudos. Al mirar el reloj nuevamente, eran casi las 22 horas, justo a tiempo para alcanzar el autobús. Me dijo que ocasionalmente iba a un bar de Cabildo y que allí era posible que nos pudiéramos encontrar. Nos despedimos amistosamente con un abrazo y nunca más nos volvimos a ver.
A la salida se encontraba esperando locomoción la misma mujer joven con la que nos habíamos cruzado en la casa principal. Viajamos juntos un tramo del camino. En el trayecto me conversó sobre lo bueno que era trabajar junto a “don Jorge”, como le llamaba, y lo especial de su personalidad. Cuando se hubo bajado y me quedé solo en uno de los asientos traseros del autobús, recién pude aquilatar todo el tiempo que la vida me había regalado para compartir con un hombre singular. Habían sido exactamente 13 horas en que él me había brindado su bonhomía, su generosidad de espíritu y su vasto conocimiento, como sólo los grandes lo saben hacer.
UN SILENCIO ELOCUENTE Y LA IMPOTENCIA DE LA FOTOGRAFÍA
Después de concluir mi travesía fotográfica, y ya de regreso a mi hogar (por ese entonces vivía en la capital), revelé los negativos y positivé algunas copias. Cuando hubo llegado la primavera, me puse en contacto con un periódico de la quinta región para publicar algunas imágenes en el suplemento cultural de su edición aniversario. Fue así que, a fines de septiembre del 1995, fueron publicadas a toda página las primeras fotografías junto a un breve texto que las reseñaba.
Al día siguiente, me comuniqué con Jorge para informarle que había sido publicado un adelanto del registro fotográfico, y que una de las imágenes que había seleccionado era la de él. Nunca olvidaré sus palabras de respuesta que oí por el celular. Con una voz cansina y casi imperceptible, me dijo: “No era bueno darse a conocer” “que era mejor el anonimato”, “y mejor pasar inadvertido”, y luego calló. Por un tiempo su mensaje y su silencio resonaron en mis oídos, sin atinar a comprender. Efectivamente, con la ansiedad por mostrar mis imágenes y con ese prurito inherente del amateur, no había entendido el sentido de sus palabras que sólo al cabo de un tiempo me sería revelado; su silencio anticipaba esa verdad o ese secreto que quizás yo no estaba preparado para oír.
En una entrevista que le hiciera el escritor Hernán Ortega Parada a Jorge Teillier, le pregunta que cómo desearía él que se le recuerde en el tiempo. A lo que su entrevistado responde que “seguramente todo el mundo se va a olvidar de uno, pero… puedo quedar presente en algún texto”. Justo ahora, concluyendo este escrito de recuerdos deshilvanados, pienso que estaba en deuda con el poeta, que las imágenes que le hice un día lejano de otoño jamás podrán dar cuenta de los matices de lo vivido junto a él, pues toda fotografía nos deja abandonado en la epidermis de la realidad. Refiriéndose a esto mismo, en una serie de conversaciones sobre la vida y la literatura, Kafka le dirá a Gustav Janouch: La fotografía, “enturbia la vida oculta que trasluce a través de los contornos de las cosas… Eso no se puede captar siquiera con las lentes más penetrantes. Hay que buscarlo a tientas con el sentimiento”.
Pienso en la infinidad textos que hasta ahora deben haberse publicado sobre Jorge Teillier. Ellos son el mentís del olvido. Del mismo modo que este escrito personal, cuya génesis fue mi trabajo fotográfico que me ligó a él, es también, el raspado de mi memoria, de esos retazos de recuerdos y sentimientos de una vivencia única e irrepetible que todos los años pasados se negaron a borrar, y que jamás fotografía alguna podría revelar.
REVELACIONES DE TRASNOCHE EN UN CUARTO OSCURO
Después de transcurrido un año de nuestro encuentro, un día de trasnoche habitual en que me quedaba hasta altas horas revelando en el cuarto oscuro, me enteré por la radio que Jorge Teillier había fallecido víctima de una cirrosis hepática avanzada en un hospital de Viña del Mar. Esa misma noche de abril se agolparon en mi mente los versos de El Albatros (El poeta es igual … Allá arriba, en la altura… / Desterrado en el mundo concluyó la aventura / sus alas de gigante no le sirven de nada), como asimismo, todas las vivencias de nuestro único encuentro. Recordé también sus palabras axiomáticas cuando le hablé de su fotografía publicada en el periódico. Comprendí, entonces, esa rotunda verdad que, con su silencio tras el auricular, me había querido revelar: que nada es importante, que todo es nada, que un día es una aldea, otro día la sonrisa de una hermosa muchacha, o un tren bajo la lluvia, un vaso de vino en la mesa de los pobres, o 13 horas cual suspiro de la eternidad, y que todo cuanto nos ocurre -esté inscrito o no en los surcos de un arado divino-, está ahí para encubrirnos, para ocultarnos, quizás la única humana certidumbre antes del ocaso y del final: “que respiramos y dejamos de respirar”.
Rakar (Villa Alemana, invierno de 2018).

Ramón: Siempre se aprende de aquellos seres humanos errantes, los que saben que estamos de tránsito. Abrazotl.
El mar., 21 ene. 2020 a las 11:33, EL VIAJE DE RAKAR (Sobre el Vagabundaje
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Así es amigo. Vivimos para aprender, y aprendemos más aún de aquellos que están afuera de la norma. Gracias.
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