Muchas veces he pensado que hay ciertos artistas, que una vez extintos, regresan a la vida para realizar aquellos propósitos inconclusos que no pudieron cumplir en sus vidas anteriores, o simplemente para enmendar los errores de su pasado. Para ese fin se encarnarían, con suma potencia, en el espíritu de un hombre o de una mujer joven, adueñándose de ellos. Podría argumentarse también, que cuando un joven posee una sensibilidad fuera de lo común, necesita instalar de tal manera su alma en el mundo, que termina por identificarse a fondo con un escritor, un poeta o un artista, para hacer sentir, de este modo, su diferencia en medio de una cultura de masas que, haciéndonos creer singulares y únicos, no promueve sino la estandarización social a ultranza (acaso el éxito y la popularidad de Facebook y otras redes sociales, no se explique más que por esta engañifla emocional en la que se sustentan). La respuesta que cada quien dé al dilema arriba formulado, dependerá si su manera de pensar se adscribe al reencarnacionismo (en cualesquiera de sus vertientes), o simplemente a un psicologismo que tildará como “identificación” al fenómeno descrito, pero que no pasará de ser una interpretación racional para mejor entender nuestro mundo interno.
Conocí el caso de un joven escritor chileno que, identificándose de tal modo con H.P. Lovecraft, no pudo escapar a ese destino sombrío que signara la vida de su modelo anglosajón y acabó suicidándose. En lo personal, obsesionado por la vida y la obra de Baudelaire, y ante todo en el descubrimiento de sus Diarios Íntimos, por mucho tiempo tuve la certeza que mi propia existencia no era más que la prolongación de la vida malquista que había llevado el poeta. Varios eran los acontecimientos que confirmaban, en mi fuero interno, aquella sorprendente convicción: el día de mi
nacimiento coincidía exactamente con el de su muerte; mi pasión por la fotografía, no era más que el anverso del rechazo que este autor manifestara a la imagen fotográfica cuando su advenimiento. La mirada desencajada con la que Baudelaire atraviesa todo su época (véase su gesto mohíno en el célebre retrato que le hiciera Etienne Carjat), correspondía a mi propio desajuste y, finalmente, la incomprensión que sufriera la publicación de Las Flores del Mal en Francia, correspondía a la misma suerte infausta que había corrido mi libro de fotografías publicado en mi propia tierra. Todas estas y otras “coincidencias”, no hicieron más que reforzar aquella monomanía que me embargó por años.
Más allá de las interpretaciones esotéricas que le podemos adjudicar a situaciones semejantes, no cabe duda que el tiempo de nuestra infancia es el crisol donde se forja el carácter de cada quien y cada cual. Las figuras parentales, para bien o para mal, jugarán un rol decisivo que marcará el destino de sus descendientes, e incidirá en el futuro de ellos. El casamiento, en segundas nupcias, de la madre de Baudelaire con el que llegaría a ser el general Aupick, por ejemplo, no será sino una buena muestra de ello, que le dejará al poeta grandes estragos psicológicos. En lo que respecta a figuras femeninas, algunas mujeres, amando y siguiendo inconscientemente la figura del padre (complejo de Edipo), no dejarán de buscar aquella supuesta pareja ideal que les recuerde al pater familias. Por ejemplo, la que tuvo un padre pescador o marinero, buscará en su futuro algún dueño de yate que compense las desilusiones amorosas y las penurias económicas que le ha deparado la vida. Otra buscará en la diferencia de años, o en la apariencia física de su elegido, el sentimiento de protección y seguridad que sólo le proporcionaba su progenitor en su niñez. Quien haya visto los retratos de Frida junto a Diego que le hicieran los fotógrafos Ernesto Reyes (el mismo día de su matrimonio), y el húngaro-americano Nickolas Muray, comprenderá lo que digo: Rivera pesaba 90 kilos más que ella, le sobrepasaba 30 centímetros y le llevaba 20 años de diferencia.
Guillermo Kahlo, fotógrafo documentalista alemán-mexicano, marcó sin duda el destino de su hija Frida. Durante la poliomielitis que ella padeciera en su infancia, y después de su grave accidente que le dejará secuelas imborrables, fue el soporte fundamental en todo su largo y doloroso proceso de rehabilitación. Por el contrario, la relación de Frida con su madre tuvo connotaciones ambivalentes de amor y de odio. Asimismo, su dedicación a la pintura, estará motivada por la figura omnipresente de Guillermo, quien le enseñará el uso de la cámara, las técnicas de revelado y retoque de imágenes. Además, como fotógrafo cultivado, este disponía no sólo de libros ilustrados en su biblioteca, sino también de una pequeña cajita con óleos y pinceles en su taller fotográfico, lo que marcará el encuentro de su dilecta hija con su pasión pictórica.
En tanto, un hombre simple y profundo, que sin llegar a ser una celebridad pública, marcará también el destino de la menor de sus 5 hijas. Es el caso de Amado Maurilio Vásquez Morales que, con el humilde y bíblico oficio de carpintero, incidirá forjando el temple no sólo de su hija Beatriz, sino el de sus 10 primogénitos, ganándose el respeto de la autoridad paterna. Tanto Beatriz, como su hermano Juan, recuerdan que su padre gustaba de la literatura y les solía leer cuentos infantiles, entre ellos Las Mil y una Noche, Alí Babá y los 40 ladrones, La Lámpara de Aladino. El mismo instaba a su pequeña hija Beatriz, a que adornara su cabello con flores multicolores, consejo que ella nunca ha dejado en el olvido.
Desde su niñez, Beatriz Vásquez Gómez tuvo una personalidad excéntrica, bastante fuera de la norma (así la recuerda su hermano Juan Vásquez, que por varios años recolectó frutas y vagó desde California hasta Oregon). “Mi hermana, siempre fue muy diferente a todos nosotros y también a todas las mujeres del pueblo.”
Se dice que la coincidencia, o lo que los surrealistas llamaban “el azar objetivo”, no es más que la forma en que la necesidad se manifiesta. ¿Quién no ha experimentado alguna vez que el hallazgo de un buen libro pareciera elegirnos e interpelarnos a que lo compremos, como si sus páginas guardaran un secreto sólo reservado para nosotros? ¿Y qué decir de un encuentro con alguna persona especial que signa todo el curso ulterior de nuestra existencia? Le ocurrió a Beatriz en su juventud, hace 25 años. Camino a casa se encontró con un ingeniero que le detuvo el paso abruptamente y, exultante, le manifestó su ostensible parecido con Frida Kahlo. Posterior a eso, le regalaron una biografía de la artista que le llevó a conmoverse por todos los sufrimientos que padeciera.
Si bien el padre de Beatriz fue una figura ejemplar en su vida, Ana María Gómez Pacheco, su madre, no fue una persona a la sombra e ignorada. Como guisaba muy bien, instaló una pequeña cocina en el mercado de Ocotlán de Morelos, uno de los tantos municipios de Oaxaca, en donde residía la familia. De este modo ayudaría en los ingresos de su esposo que, una vez jubilado de carpintero, se afanaba en la agricultura. Dicho comedor se llamaba “El Comedor Lucy” (en honor de la hija mayor del matrimonio). Bety, que de pequeña “jugaba a hacer comidita en ollas de barro”, aprendió de su madre no sólo los rudimentos de la cocina oaxaqueña, sino toda la pericia y los secretos de una labor exigente y minuciosa. Posteriormente, cuando Beatriz tomó posesión de su oficio, “El comedor de Lucy” pasó a llamarse “La Cocina de Frida”. Para diferenciar su fonda de las otras del mercado, mandó a instalar en el frontis una pintura de grandes dimensiones que pintó su sobrina Renata Soledad, lo que concitó no sólo la desazón, sino la envidia de sus pares. El cuadro ostenta un trozo de sandía que -me comenta Beatriz- la hizo llorar al momento de descubrirlo, pues de inmediato evocó el período de su embarazo en que, por carencias económicas, no había podido satisfacer el antojo de comer aquel fruto apetitoso.
Beatriz, la Frida de Ocotlán, como suele figurar en guías turísticas no sólo de México, sino del extranjero (Francia, España, Israel, Japón, Checoslovaquia), es una mujer romántica, alegre, que ama la vida, el mar, los rebozos, los bordados y las flores (ellas “son la sonrisa de Dios sobre esta tierra”, me remarca). Le han obsequiado cartas de amor y poemas de Sabines. En una ocasión fue invitada a cocinar para vinicultores de Ensenada y también en un restaurante de Tijuana. En una de las playas del litoral, había recogido un pequeño guijarro que sólo tenía valor para ella. De regreso en el aeropuerto, los funcionarios le exigieron que lo arrojara a un bote de basura. También le pidieron que se deshiciera de una estaquilla con la que sostenía su larga cabellera (esta mujer zapoteca, con una pequeña piedrita y un inofensivo sostenedor de cabello, ponía en riesgo flagrante la seguridad aeronáutica mexicana, a juicio de los empleados de turno). Después del episodio derramó algunas lágrimas, pues aquella piedrecita contenía para ella toda la inmensidad del océano que nunca antes había visto.
Las coincidencias entre la vida de Frida y la de Beatriz no pasan inadvertidas. Es relevante en ambas la presencia de una figura paterna determinante, e incluso terapéutica. Sabemos del papel relevante de tuvo Guillermo Kahlo en el alivio y consuelo de su hija durante todos sus padecimientos. Igualmente Beatriz, después de sufrir quemaduras en sus piernas con el agua caliente de un caldero que se le vino encima, fue atendida con abnegación por su padre, quien le sanará las heridas con hojas de sanalotodo (una planta milagrosa). La primera contrajo nupcias con el pintor Diego Rivera un día 21 de agosto, el mismo día en que nació Bety. Ella recuerda también, que cuando su única hija se fue furtivamente con el novio, le sobrevinieron intensos dolores en su pelvis y su cadera, la zona más dañada en el cuerpo de la artista cuando su trágico accidente.
Más allá del valor de las coincidencias en el caso aquí reseñado, lo que resulta insoslayable es preguntarnos qué motivación lleva a que una persona se sienta no sólo atraída, sino fascinada y atrapada por un personaje del pasado, a tal punto que conmociona toda su vida presente. ¿Obedece sólo a un fenómeno de identificación psicológica como nuestra razón omnisciente nos lo aconseja que creamos? ¿Es nuestra imaginación la que crea la realidad con la que nos identificamos? ¿O definitivamente nos adentramos en lo insondable de las vidas sucesivas y la supervivencia de la personalidad después de la muerte? Conocido es el caso del mismo Baudelaire, quien llegó a tener el convencimiento que era la reencarnación de Edgar Allan Poe. O el del poeta español Leopoldo María Panero, quien adjudicábase ser la prolongación de Antonin Artaud.
Hoy por hoy, cientos de expedientes científicos avalan la reencarnación, no sólo de figuras conocidas o de personalidades literarias. A través de regresiones hipnóticas se ha acumulado ya una vasta experiencia en las vidas pasadas de muchos pacientes de toda índole, como son las investigaciones del psiquiatra norteamericano Brian Weiss y las del canadiense Ian Stevenson, quien ha reunido miles de casos de niños que recordaban de manera espontánea (sin hipnosis) sus vidas anteriores.
Bajo el mismo sustento, he llegado a pensar que, así como mi pasión por la Fotografía correspondería a una suerte de corrección o ajuste de cuentas de Baudelaire con la imagen fotográfica (a la que erróneamente llegó a considerar sólo como sirvienta de las artes), del mismo modo, en el caso de Frida, podríamos llegar a suponer que su infertilidad y todos sus padecimientos físicos y psicológicos, llegaron a compensarse en la existencia actual de Beatriz, en su maternidad cumplida, en su vida apacible y pueblerina, pero igualmente intensa y apasionada como la de su antepasado, la Frida inolvidable, la de siempre, la Frida de todos.
Al fin de cuentas, si las vidas sucesivas y la ley del karma existen, como nos lo enseña el budismo ¿no es acaso para compensar sufrimientos (propios y ajenos), para corregir patrones de vidas errados, para evolucionar moralmente y para hacernos mejores?
Rakar / Oaxaca de Juárez, Enero 26 de 2015.
Artículo publicado en Suplemento Cultural Palabra, Periódico El Vigía. Ensenada, Baja California, México. (Domingo 1 de marzo de 2015).

