"Mis azares están llenos de significación...”
(Nietzsche)
Dice Miguel Serrano, que lo mismo que sucede con los hombres, sucede con los libros, que ellos van dirigidos a los seres que los esperan, y arriban ni un antes ni un después, sino justo en la hora señalada. Y agrega este gran autor incomprendido (“el mejor escritor de Chile”, según me comentara el poeta Jorge Teillier), que nunca le gustaron los libros de prestado, porque los deseaba suyos, enteramente suyos, para una convivencia fraguada en la intimidad, de semanas, de días y de horas.
PRIMER EPISODIO:
Para dar cuenta de este primer evento, es preciso referirme a mi reciente regreso a México en esta sexta oportunidad. Regresaba sólo por un breve tiempo con el propósito de realizar una presentación de 2 Fotolibros publicados en Chile, proyecto que estaba financiado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de mi país.

Mi primera estación sería Baja California, en la Biblioteca Pública Benito Juárez de la ciudad de Ensenada, en donde el libro más reciente, “Retratos (des)de la Locura”, sería presentado por el poeta Lauro Acevedo, quien me había invitado a través de Seminar (Seminario de las Artes), y el escritor y prologuista Rael Salvador, con quienes me unía una amistad de pretéritas estancias.
El mismo día de la presentación, quiso el “azar” y la fortuna que conociera al escultor y maestro de la UABC José Luis Morales Jurado, quien portaba una joyita iconográfica-literaria que yo había buscado infructuosamente por varios años, aunque si bien no por los pueblos del Himalaya, o hasta los confines del mundo (como hubiese hecho Serrano), sí al menos en las librerías de viejo de la famosa calle San Diego en Santiago de Chile. Se trataba de “EXPRESIONES DE LA LOCURA: EL ARTE DE LOS ENFERMOS MENTALES”, escrito por el psiquiatra vienés Hans Prinzhorn y publicado en 1921, en donde el autor traza un retrato del conjunto de las piezas de arte outsider, que fueran reunidas por encargo de Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Heidelberg en diferentes hospitales mentales (Alemania, Suiza, Austria, Hungría, Italia, Estados Unidos y Japón). Este libro de culto ejerció una enorme influencia en el arte del siglo 20, y fue recibido como una verdadera Biblia underground por el movimiento surrealista. Paul Èluard lo describió como “el libro de imágenes más bellos que ha existido”. Viendo mi asombro por tener esta joya en mis manos, en un gesto de desprendimiento, cual generoso hierofante, el escultor Morales me obsequiaría su joyita literaria. Así pues, de las espesuras y las sombras del tiempo, sagrado y palpitante, “Expresiones de la Locura” llegaba inesperadamente a mi poder como una diadema que me estaba destinada. Le dediqué entonces mi propio libro al escultor Morales, momento que afortunadamente sería captado en una fotografía que hiciera Rael Salvador, quien escribiría posteriormente lo siguiente: «Rakar consigue un cambalache de altura: para eso sirve la luz de la imagen y la palabra». Sin duda, no se trataba del cambalache de Discépolo, sino uno de fuste, en donde no había “lodo” ni “maldá insolente” ni “impostura” ni “manoseaos”.
Creo haber dejado traslucir en mis escritos, y en más de alguna conversación en cenáculos literarios, que no creo en la casualidad, y si esta existe es una casualidad ahíta de significación, como la llama Nietzsche, y que equivaldría a lo que Jung denomina el “sincronismo”, refiriéndose con ello a dos sucesos aparentemente sin vinculación pero llenos de sentido, cosa que el pensamiento racionalista desestima siempre, y que sus prosélitos observan, si no con desdén, al menos con incredulidad.
SEGUNDA SERIE DE EPISODIOS:
Coinciden estos con mi estancia en la bella ciudad de Oaxaca, a la que regresaba por quinta ocasión. Encontrándome en el taller de un amigo relojero (admiro el oficio de los antiguos relojeros por su gran paciencia y su sentido de la precisión), conocí a Alberto López, quien realizaba un taller de escritura en la hermosa y antigua casona de la Biblioteca Pública Central de la ciudad. Ese mismo día me invitó a la Biblioteca para presentarme a la licenciada Rosa María Topete, quien realizaba los talleres literarios y de lectura en esa institución. Una vez que le hube explicado que la razón de mi visita era presentar dos fotolibros en el Centro Cultural San Pablo, me invitó para el día en que se reunía con sus talleristas para que presentara mis publicaciones y pudiera difundir la actividad, comentándome de paso que una de las integrantes era la madre de una psiquiatra que trabajaba en el Hospital mental de la ciudad.

Llegado el día del encuentro, me presentó ante su audiencia y amablemente me concedió un espacio para que les enseñara las publicaciones. Primeramente “Retratos (des)de la Locura” (2017), y seguidamente “El Viaje de Rakar” (2006). Me pidió que les comentara cada temática, y luego que leyera en voz alta el poema «El árbol» que se encuentra en la contratapa interior de uno de los fotolibros, texto que le había impresionado sobremanera. Además, me pidió que le compartiera una imagen junto con ese mismo poema, pues pensaba exponerlas en una obra de teatro de su autoría que se encontraba en preparación. En esa sesión se encontraba también Rosa Ivett Russell, psicóloga y escritora con quien tendríamos comunicación posterior. Asimismo, se encontraba Ana María Morales Valencia, quien de inmediato se comunicó telefónicamente con su hija, la doctora Ana Luisa Gómez del hospital psiquiátrico de la ciudad, para informarle de mi visita. Enseguida me extendió su teléfono para que me presentara y le hablara sobre el fotodocumental de los hospitales mentales en Chile.
Conocí personalmente a Ana Luisa al término de mi segunda exhibición audiovisual en el Centro Cultural San Pablo, aunque en ese contexto no hubo mucho espacio para platicar. Nos reunimos unos días después para una plática de mayor extensión. En esta oportunidad pudimos descubrir nuestros intereses en común. Le comenté mi admiración por el arte outsider y de una pequeña colección de obras que había reunido en el decurso de mis andanzas por los psiquiátricos de mi país. De paso le hablé sobre el libro de Prinzhorn que me habían obsequiado hace algunos días en Ensenada, y que ella conocía de mención. Por su parte, me comentó que era fundadora del colectivo “Integrarte sin Etiquetarte» en la ciudad de Oaxaca, cuyo objetivo era integrar a pacientes psiquiátricos a la sociedad mediante propuestas artísticas y sensibilizar a la población respecto al estigma de la enfermedad mental. Me señaló también que estaba muy interesada en el arte marginal, y que, coincidentemente, había reunido un conjunto de obras como parte de una colección institucional. Ese mismo día del encuentro me manifestó su interés para que presentara mi trabajo audiovisual en el Hospital Cruz del Sur donde laboraba. Antes –señaló-, debía presentarle la propuesta a la Dirección del hospital. Después de unos días nos volvimos a reunir y me confirmaría la autorización del Director. Ella se haría cargo de toda la coordinación del evento y la difusión. Además, si era mi deseo –según me informó-, podría hacer fotografías de los pacientes internos.
Debo confesar que, en alguna de mis anteriores visitas a Oaxaca, había manifestado a más de algún fotógrafo conocido mi interés de poder acceder al psiquiátrico de esa ciudad para hacer algunas imágenes. Aunque nunca lo intenté personalmente, a priori terminaba siendo disuadido de mi propósito, con el argumento que era imposible acceder, menos aún con esa intencionalidad. Ahora, inesperadamente, sin siquiera habérmelo propuesto, se me ofrecía ingresar a presentar mi trabajo a todo el personal abocado a la salud mental, a los pacientes y sus familiares, y además se me invitaba a hacer registro documental en aquel lugar.
El día de la presentación, nos reunimos con Ana Luisa en el sitio en donde habíamos acordado que me recogería, y nos dirigimos a Reyes Mantecón, pequeña localidad del municipio de Santiago Coyotepec, en donde se encuentra emplazado el hospital. Durante el trayecto comprobé que una de las varillas de mis anteojos se había zafado desde la misma bisagra. Ante tan inopinado contratiempo, y en vista que debía hacer fotografías, sólo cabía improvisar. En el camino, nos detuvimos en uno de los grandes supermercados que a esa hora recién abría sus puertas. Lamentablemente no había ninguna óptica abierta, así que debí recurrir a un maravilloso pegamento que en México llaman “Cola Loca” para solucionar mi contratiempo. Ana ingresó al establecimiento y regresó diligentemente con el pegamento junto a un set de pequeños atornilladores y nos dirigimos nuevamente hacia nuestro destino. Cuando arribamos, y después de las presentaciones de rigor ante el Subdirector, me instalé en un salón destinado a las juntas médicas para solucionar el pequeño percance que me había ocurrido. Una vez solucionado, acompañé al Subdirector a una de las dependencias del exterior en donde me presentó a algunos profesionistas. Acto seguido, encomendó a uno de los funcionarios para que me acompañara a recorrer los diferentes pabellones del recinto. Fue así que pude hacer fotografías de hombres y mujeres internos que se encontraban en los patios bajo un cielo nublado y amenazante. También tuve acceso a los dormitorios en donde aún permanecían algunos pacientes.
Llegada la hora de la presentación audiovisual, vi ingresar a la sala a un numeroso contingente del personal hospitalario: psiquiatras, psicólogos, enfermeras y paramédicos de la institución. Ana Luisa hizo la presentación preliminar. Luego dirigí unas palabras al auditorio mencionando la extraña combinación de las circunstancias que se habían concatenado para encontrarme allí (por supuesto omití referirme a las sincronías, que por entonces ya se habían instalado sigilosamente en mi espíritu). Me limité únicamente a señalar las semejanzas entre las comunidades rurales de Chile y de México para contextualizar el trabajo de los Pueblos Olvidados. En cuanto al segundo audiovisual, comenté que en nuestros países, según cifras de la OMS, del total del presupuesto de salud, sólo el 2% estaba destinado a salud mental, y de este exiguo porcentaje, el 33% se destinaba a hospitales psiquiátricos en Chile, y el 88% en México. Es decir, se trataba de evidentes situaciones de carencia y pauperismo, “realidades todas ellas que nos hermanaban y nos identificaban en nuestro desamparo y vulnerabilidad”. Fueron estas mis palabras, casi literales, en el preámbulo de la presentación.


Al concluir ambos audiovisuales, algunos de los presentes emitieron sus opiniones, entre ellos recuerdo la un psiquiatra que citó varias veces «El Pesanervios» de Artaud, y expresó con sinceridad su impotencia frente a ciertos pacientes que manifestaban una inteligencia rayana en la genialidad, pero que por esa misma razón se sentían desadaptados en un mundo de seres adocenados y de evidente mediocridad. ¿Podía limitarse la psiquiatría, entonces, a ser sólo una terapéutica de adaptación y normatividad social?, pareció preguntarse con insistencia. Me limité a responder que si de algo podían servir mis imágenes y el arte en general, era precisamente para conmover e interpelar al espectador (si no, ¿para qué serviría?), y que me resultaba aliciente que la imagen fotográfica permitiera ver desde otros ángulos la relación con sus pacientes, y que propiciara también los cuestionamientos que él mismo como profesional se formulaba valerosamente en esta ocasión.
Una vez concluida las presentaciones y una inesperada entrega de diplomas, se acercó a saludarme la sicóloga Rosa Ivett junto a la escritora Anastasia Javier Luna, tallerista de la Biblioteca Central, quien amablemente me obsequiaría su libro «Como ya crecí te lo cuento», junto a un hermoso souvenir que ella misma había confeccionado.
Durante la etapa final de mi estancia en Oaxaca nos reunimos una vez más con la doctora Ana Luisa. Hablamos del resultado de las presentaciones, de algún proyecto en común para difundir el arte marginal que ambos valorábamos, y de sus propios cuestionamientos respecto de las limitaciones de su especialidad, pues según me dijo: “muchas veces quedaba corta para lo vasto que es la mente”. Sus reflexiones, al igual que las de su colega psiquiatra en el auditorio, denotaban sin duda una gran honestidad intelectual. En los últimos días regresé a la biblioteca para despedirme de la maestra Rosa María Topete que insospechadamente había establecido el puente que me conduciría al psiquiátrico de la ciudad. Asimismo, me despedí de Rosa Ivett, quien me comentó que había escrito sus impresiones sobre los audiovisuales que había presenciado en el hospital y que sus textos me los enviaría con posterioridad.
Concluían así una serie de episodios que indubitablemente estaban relacionados y confirmaban una cadena de azares con sentido y significación. ¿Pero acaso no obedecían ellos a un mismo patrón de sincronías reveladas en todo el entramado de mi vida? ¿No es acaso la labor de todo hombre recomponer los fragmentos dispersos de su propia existencia para saber, como un aurúspice, lo que ha sido y lo que es? Caminamos, en efecto, absortos en medio de retazos de vivencias personales, mas somos los únicos dadores de Sentido, que es imperioso descubrir en medio de la madeja intrincada de nuestro existir. Dar Sentido, pues, será la máxima grandeza que al hombre le ha sido dada para desentrañar el enigma, y aquello que Nietzsche llamaba el «terrible azar».
EL ENSAYO FOTOGRÁFICO COMO EXCURSUS Y FINAL:
Si fuera necesario ejemplificar (permítaseme aquí esta digresión), lo haría con el símil de mi propia actividad: el ensayo fotográfico. Quien se haya adentrado en él, sabe perfectamente que al comenzar nuestro trabajo hacemos imágenes aisladas una de otra, pero enmarcadas ciertamente en una “temática” que nos centra y nos aleja de las veleidades del eclecticismo y la dispersión. Al inicio, desconocemos la configuración última del conjunto de nuestra creación. Como ella es material humanamente plasmable, sólo en el fondo de nuestra alma se irá fraguando lentamente su sentido superior, el cual expresará nuestras pasiones, nuestro estilo, los prejuicios que nos alimentan, y también nuestra historia singular. Para todo ensayista de la imagen, el resultado ideal de su trabajo se verá plasmado en un Fotolibro, y el momento culminante será la Edición. Es en ella donde instauramos nuestra mirada subjetiva y particular. A veces a obscuras, vagando a tientas entre una miríada de fotogramas dispersos, nos damos a la tarea intuitiva de seleccionar y ordenar aquellos fragmentos relevantes, y por supuesto no dará lo mismo el lugar que ocupa cada imagen en esa ilación. El ordenamiento final que le demos al conjunto de nuestras fotografías configurará decisivamente el sentido de nuestra imaginería, nuestra visión de mundo y nuestro relato íntimo y personal. Así pues, lo mismo que las imágenes aisladas de un fotodocumental acontece con los innumerables episodios de nuestra existencia. Todos ellos son fragmentarios, informes, pero tenemos la posibilidad de llenarlos de significado, no desde la razón instrumental, sino desde las hondas profundidades de nuestro espíritu en donde habita la llama candente de nuestro ser. Es ahí donde debemos aventurarnos a bucear si queremos que nuestra vida sea algo más que la suma mecánica de inconexos episodios sin ninguna significación esencial. Si no fuera así, se pregunta Nietzsche “¿cómo soportaría yo ser hombre, si el hombre no fuera también poeta y adivinase enigmas, salvando el azar?”
Desde el anhelado libro de Prinzhorn, que como una mensajero intemporal me traería las imágenes y los códices del delirio y la locura, pasando por mi arribo al antiguo edificio de la Biblioteca Central de la ciudad, hasta mi conexión con la psiquiatra Ana Luisa que me permitiría deambular nuevamente por los pabellones de un sanatorio mental, sin duda existía un hilo misterioso y discernible (si cabe este oxímoron). En las páginas del libro más famoso del arte outsider, se urdían ya las hebras de una trama secreta e inefable, la que me conduciría inevitablemente al reencuentro con todas las imágenes de “los suicidados de la sociedad” de Chile y de México en un nosocomio enclavado en La Cruz del Sur.
Es en cada regreso de un viaje, cuando el rostro de los seres y episodios que acompañaron un tramo del camino de nuestra existencia comienzan a desdibujarse en la memoria, que es imperioso escribir sobre ellos, rescatarlos de los ajetreos cotidianos y de la andanada insulsa de las imágenes que nos invaden, para retrasarlos cuanto podamos, para que se queden un tiempo adicional con nosotros, asignándoles el lugar y el sentido que corresponde en el rompecabezas de nuestra implacable fugacidad.
Por ahora me seguiré comunicando con Ana Luisa, con la Maestra Rosa María Topete, dejando que el tiempo hilvane lentamente otras texturas del “azar”. En tanto, sólo ayer tuve noticia de Rosa Ivett; me envío las imágenes de las presentaciones que hiciera con su teléfono celular. Hoy mismo recibí sus textos que me prometiera al despedirse y que aquí comparto con su aprobación.
Rakar / Villa Alemana, Chile, febrero 13 de 2019.
Sobre Rakar y sus fotos de pacientes mentales
Por Ivett Russell
Es la visión de Ramón en uno de sus tantos caminos recorridos en los hospitales psiquiátricos de Chile.
“No nos suicidamos todavía. Entre tanto, que se nos deje en paz”. Artaud
Es la vista desde los pacientes mentales
es el sentimiento desde sus adentros
es el retrato expresivo de su mundo interior
el escenario en que la obra ocurre diariamente.
Es la escenografía con que viven los atrapados
el descuidado aspecto de sus ropajes
los que han dejado de importarles a ellos y a los demás
donde sus gestos revelan sus pensamientos.
Son los ojos que miran más hacia adentro que hacia afuera
los que parece que están y no están
que imaginamos que nos hablan sin hablarnos
los que desearían gritar aunque casi siempre callan.
Los que ya gritaron demasiado fuera de estas paredes
pero se cansaron de pedir a los de cerca y a los de lejos
se agotaron de esforzarse al modo que los demás quieren
y eligieron huir, escaparse.
Abstraerse del presente para no ser exigidos sobre el futuro
permanecer en un presente sin tiempo, sin reloj
quedarse aquí adentro de sí mismos es quizá más seguro
que vivir lidiando con lo de allá afuera.
No sé si son felices “pero aunque no se suiciden todavía, entre tanto, que los dejemos en paz” como diría Artaud.
Ivett Russell / Oaxaca, México, diciembre 04 de 2018.
¿Serán felices los pacientes mentales?
Por Ivett Russell
¡Yo no sé si sean felices! Felices al modo tuyo y al mío probablemente no…Pero sí felices al suyo propio, ya que están libres de expectativas propias y ajenas con las que constantemente lidiamos nosotros “los de afuera”. Sin embargo cuando miro sus rostros, me repito la pregunta ¿Es felicidad? Y entonces ¿Qué muestran sus rostros que a mí me agobia? Esa expresión me hace preguntarme ¿Qué hago yo y de qué forma he contribuido a que ellos estuvieran ahí? Y no porque yo los haya llevado a ese lugar de olvido, sino porque siendo miembro de una comunidad, de un modo u otro debí colaborar sin darme cuenta a que algunos seres humanos colapsaran por no poder cumplir las expectativas sociales por las que yo me esfuerzo diariamente. Sin notar que tal vez había algunos que fueron cayendo al lado mío por no poder cumplir con los compromisos que toda sociedad impone y que yo posiblemente ignoré a mi paso. Sin dar un consejo, sin acercar ayuda, sin brindar compasión, sin escuchar al menos. Y quizá hubiera evitado uno o dos colapsos ajenos en mi pasado, y no lo hice. Pero no quiero lamentarme aquí porque éste tema no es sobre mí y lo que yo no he hecho por cambiar mi mundo.
Se trata de “su” mundo interior, el de ellos, es sobre su grado de felicidad, sobre sus sueños. Es acerca de esas personas que duermen a pierna suelta, si es que duermen tranquilos, yo no lo sé. Quizá duermen en calma porque a lo largo de su día sólo se ocupan de un asunto a la vez, sin esperar demasiado, únicamente, respirar, comer, moverse un poco, en fin, vivir.
¿Es posible vivir sin esperar nada? Yo considero, y mejor dicho espero que sí. ¿Es de naturaleza humana tener propósitos en la vida? Pienso que sí. ¿Y no sé si ellos los tienen? Pero… ¿A ellos les preocupa tener propósitos? Supongo que no. Y ¿Acaso establecer propósitos está asociado con la felicidad? Creo que no necesariamente. Quizá ellos simplemente viven en el aquí y en él ahora y eso les basta.
Ivett Russell / Oaxaca, México, diciembre 04 de 2018.

Rosa Ivett Russell Leal es Licenciada en Psicología por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, vive y ejerce en Oaxaca-México. Las expresiones artísticas como la poesía, la danza y la plástica la han acompañado desde la adolescencia. Actualmente escribe en el taller de Literatura Creativa de la Biblioteca Pública Central a cargo de la Dra. Rosa María Topete Contreras.
Texto_de_Lauro_Acevedo que fuera leído con ocasión de la presentación del Fotolibro «Retratos (des)de la Locura» (en Biblioteca Pública Benito Juárez, Ensenada, Baja California, México / noviembre 5 de 2018).
Prólogo_de_Rael_Salvador al Fotolibro «Retratos (des)de la Locura», el cual fuera leído con ocasión de su presentación en la Biblioteca Pública Benito Juárez, Ensenada, Baja California, México (noviembre 5 de 2018).

Disfruté mucho esta lectura. Sin duda existen causalidades que abren puertas inesperadas para que aquellos que se encuentran olvidados en un hospital siquiátrico, vuelvan a ser parte de una sociedad que los desdeña y les teme, aquí se escuchan las voces de sus rostros invocadas por el influjo de una cámara que los reconoce y les otorga un lugar en el tiempo y el espacio.
Los textos de Rosa Ivett Russell Leal aportan a esta visita un ámbito de reflexión clara, sincera y valiosa.
¡Gracias por compartir el viaje por el cuerno de la abundancia que es mi país y por el lugar innombrable de la Cruz del Sur en Oaxaca!
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México, hotanar de magia y de misterio, despliega siempre una trama de casualidades con sentido para el viajero que ya de lejos vuelve sobre sus pasos, sumido en la nostalgia.
Valoro en mucho sus palabras Rosa María. Muchas gracias.
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